En el rincón que ocupan en el salón social se reúnen cada tarde a hablar de todo y de nada. De forma cadenciosa se van produciendo bajas; lo comentan de pasada, sin que nadie eche de menos a los que faltan. Apenas se oyen unas frases sueltas sobre lo que hicieron bien o mal los difuntos, mientras sobrevolando el ambiente flota una máxima implícita: somos el olvido que seremos. No saben qué significa, pero ahí permanece, suspendida sobre sus cabezas aunque no la vean. Ellos están a lo suyo: están esperando a la muerte.
No es una tragedia; es una realidad con fecha de caducidad. Un tiempo prestado que no controlan ni les intimida.
Cuando se saludan, se preguntan: "¿Qué haces ahí?". Y la respuesta nunca varía: "Nada, aquí estoy". Un cruce de palabras cotidiano que, en verdad, solo traduce una certeza: aquí sigo, esperando a la muerte.
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