Jorge Panesi
Escribir es dar cuenta de una existencia.
Rasgar el papel, herir el lienzo de la pantalla. Desbrozar el camino, organizar las ideas, jerarquizar, pensar, abrir un surco, dejar una marca; volver una y otra vez para alisar el sendero. Una tarea que se encuentra a mitad de camino entre la del artesano y la del artista. Surge una idea que con el tiempo será atravesada por la tarea del oficio. Una experiencia solipsista en la que quien escribe, es abordado por infinidad de voces.
En definitiva, mientras se escribe hay alguien que dice: "aquí estoy". Desde el primer humanoide que talló a golpes una piedra, la humanidad va dando cuenta de su existencia. Mientras escribo, estoy aquí. Luego queda lo escrito: "Quod scripsi, scripsi" ("Lo escrito, escrito está"), dijo Poncio Pilato a los sacerdotes judíos que le objetaron haber puesto sobre el crucificado la leyenda: "Jesús Nazareno. Rey de los judíos". Querían que pusiera que ese hombre se había autodenominado de esa manera. Pero Pilato ya había dado cuenta de su existencia. Y trascenderá por su escritura.
Hay un momento en el que uno se da cuenta de que escribe. Es un despertar: aquello que se hacía en forma maquinal, eso que resultaba instrumental parece adquirir ahora otras dimensiones. Se vuelve consciente. Se atiende con mayor detenimiento a estrategias, recursos, recorridos. A volver una y otra vez. Uno ha venido escribiendo a lo largo de su vida. Ha escrito muchas cosas desde las más sencillas hasta quizá algunas complejas. Sin embargo, en algún momento puede ocurrir que escribir se transforme en una necesidad. Entonces, como Scherezada, sabe que ya no podrá dejar de hacerlo.
Escribir es una tarea que, si bien comienza como un acto mental, termina por comprometer todo el cuerpo. Implica la vista y la mano, claro está. Pero hay una necesidad de contacto del cuerpo y la superficie a través de un mediador: la pluma que rasga el papel de acuerdo con la presión de la mano; el ritmo que adquiere el tipiado, antes en la máquina de escribir y ahora en la computadora. Visto desde afuera, puede percibirse el ritmo musical de las teclas: del adagio al allegro, del andante al presto, tal vez acorde con aquello que se esté escribiendo. O la inspiración que a veces brota en cuentagotas y otras a borbotones. La posición del cuerpo que se sienta, que se acomoda, que se balancea, que se incorpora y camina, que vuelve a sentarse. Algunos escritores necesitan alguna actividad corporal antes de sentarse a escribir: correr, nadar, caminar. Es el caso de Stephen King, Haruki Murakami o Leila Guerriero. Otros escriben desde la mañana hasta la noche. Algunos, como Vargas Llosa se encierran en su estudio y no atienden a nadie durante ese tiempo. Otros hasta se colocan un uniforme de trabajo: el recordado "mono" de Gabriel García Márquez. Algunos transforman hechos dolorosos que les toca atravesar en obras maestras. Thomas Mann comenzó a escribir La montaña mágica en 1912, en el Sanatorio Wald de Davos, donde se encontraba internada su esposa. Luigi Pirandello, escritor y dramaturgo italiano, escribió una de sus comedias más brillantes: Liolá (Amores sicilianos, 1916) atravesado por la angustia de no tener noticias de su hijo que se encontraba en el frente durante la Primera Guerra Mundial. Los hay quienes escriben también a bordo de trenes, barcos o aviones. Algunos necesitan del silencio absoluto para la concentración. Otros, en cambio, lo hacen en populosos bares porque son capaces de encontrar en ese contexto ideas y motivos. Así nació el mito de Julio Cortázar y la Confitería London City en el centro de la Ciudad de Buenos Aires, y el entramado de su novela Los Premios (1960)
Ese interminable lienzo digital es también ahora el espacio de la inscripción. Un infinito papiro que podría dar cuenta del acontecer de estos tiempos. Allí los sujetos quedan inscriptos en un eterno presente por medio de la escritura ("lo escrito, escrito está"). Allí queda inscripto el grito que un sujeto deja al ser querido que ha partido en un intento de continuar el diálogo; o el mensaje de un padre a un hijo que acaba de llegar y, preso de la emoción, le dedica esos signos, aunque su destinatario ni siquiera pueda acceder aún a la red. O el enunciado que responde a uno escrito tiempo atrás y lanzado a ese mar digital por alguien que quizá ya no esté. Sin embargo, ese enunciado, esa inscripción, actualiza el diálogo. Allí también puede leerse al que todas las mañanas envía un mensaje a sus contactos; y más allá del contenido específico que da cuenta de sus preocupaciones, motivaciones o intereses, esa inscripción parece transformarse en una señal diaria que dice y recuerda: "Aquí estoy, todavía de este lado de la materialidad".
Una huella que trasvasa soportes y dispositivos epocales, la escritura. Aquellos recuerdos lejanos, las experiencias últimas, lo que no debía disolverse en el olvido, la escritura permite fijarlo, darle consistencia, evidencia: allí estaba, allí está y allí estará. No importa si es así como ocurrió, o si las leyes de la ficción han operado sobre la memoria. Al fin de cuentas, la memoria parece también regirse por los mecanismos de la ficción. Selecciona, organiza, jerarquiza y desdibuja. La memoria está atravesada por la narratividad.
Será tal vez por alguna de todas estas razones que lo escrito tiene un haz de eternidad; un umbral que invita a ser cruzado. Será por eso por lo que cuando uno se adentra en una historia escrita ya sea ficción o no, los límites comienzan a desdibujarse y se pierden las coordenadas espacio temporales. Entonces, uno se descubre inserto en ese otro mundo, en esa otra realidad. La escritura parece convocar la eternidad, es parte de su materialidad y de su esencia. Y se participa de esa eternidad como un férreo creyente esperanzado, aun cuando se sepa del artificio. Porque el que escribe, lo hace en un eterno presente, y ese presente es el que se traslada a lo escrito. Escribo, y mientras escribo, estoy ahí.
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