Un día fotografié en Abiyán a un hombre que llevaba treinta y un bidones verdes apilados en un carro; tiraba de él mientras cruzaba un puente largo. No sé qué saldría de tanto metal; por la dirección que llevaba, cabría imaginar que le vendría bien una chabola de tres o cuatro estrellas.
Con las fotografías de cada cual se puede trazar un itinerario: un calvario o un plácido paseo. Cuando la edad te dulcifica el carácter, miras las fotos sin malicia, con condescendencia, y los que fueron rivales o enemigos quedan reducidos a un bulto sospechoso que ya no molesta ni agria el panorama. Cada vez que borras una foto se van con ella recuerdos y olvidos: despedidas programadas por esa obsolescencia con la que nuestro cerebro, amigablemente, nos ayuda a olvidar sin rencor.
Si consigo reducir este número desmedido de fotos a uno mucho menor, las que queden tendrán un sabor potente que quizá solo a mí me contente.
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