Hace un momento llegó mi perra, mi compañera fiel desde que la recogí de la calle cuando apenas era un cachorro de unas pocas semanas.
Aunque sigue conservando algo de ese espíritu libre de los perros callejeros, de vez en cuando aparece para visitarme. Se acerca, me mira y se queda un rato cerca de mí, como si quisiera preguntarme cómo estoy.
A veces pienso que, de alguna manera, sabe cuándo me siento triste. Quizás percibe el vacío que dejó mi compañero de vida, esa ausencia que todavía acompaña algunos momentos de mis días. Me resulta increíble pensar que ella pueda darse cuenta de mi tristeza, pero hay ocasiones en que su presencia parece decir exactamente eso.
Tal vez los animales entienden mucho más de nosotros de lo que imaginamos. Quizás no comprendan nuestras palabras, pero sí nuestros silencios. Y esta noche, mientras observo la vida que transcurre detrás del ventanal, ella está aquí, acompañándome en silencio, haciéndome sentir que el mundo es un poco menos solitario.
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