Por alguna razón me atraía. Siempre me gustó. Cada vez que visitaba a mi madre, buscaba cualquier excusa para quedarme cerca de ella, solo para escucharla hablar. Tenía una manera muy seductora de expresarse.
Recuerdo que, en una de esas visitas, conversaba con mi madre sobre un rumor que corría por el barrio. Decían que mantenía un romance con un vecino bastante más joven. No recuerdo su nombre. Mari se defendía de los comentarios de las vecinas chismosas, aunque me llamó la atención que sonriera mientras hablaba del asunto.
Ese mismo fin de semana mi madre organizó una reunión de amigos para conversar, tomar un trago y picotear. En esos años a esas reuniones se les llamaba malones. Por supuesto, mi vecina Mari asistió.
Por más que intenté acercarme a ella, mi madre me mantuvo lejos del centro de la reunión. Me senté en la silla más apartada y, desde allí, observaba a mi Mari.
Grande fue mi sorpresa cuando vi entrar al vecino involucrado en la historia. Saludó a todos y se sentó justo frente a ella. Desde mi posición podía verlos perfectamente, así que me dediqué a vigilarlos. Quería sorprenderlos in fraganti: una mirada cómplice, un gesto, cualquier cosa. Creo que eran celos, ahora lo comprendo
Mientras tanto, en mi cabeza buscaba la forma más siniestra de hacerlo desaparecer.
De pronto vi cómo ella le hacía una discreta seña con la mirada, invitándolo a salir al antejardín.
Primero salió ella. Unos treinta segundos después lo hizo él.
Parecía que solo yo me había dado cuenta de aquellas intenciones, porque el resto de los invitados ni siquiera levantó la vista.
De un salto bajé de mi improvisado puesto de observación y, sigilosamente, me escurrí hasta la ventana que daba al jardín. Corrí apenas la cortina lo suficiente para mirar hacia afuera.
El corazón se me subió de golpe a la garganta.
Allí estaban los dos, abrazados, compartiendo un beso de amor profundo, se mordian los labios como desesperados, parecía interminable. No podía comprender del todo lo que veía, pero intuía que estaba presenciando algo prohibido, algo que pertenecía al mundo de los adultos.
Sentí que algo cambiaba dentro de mí. La pena por sentirme traicionado dio paso a una extraña mezcla de curiosidad, desconcierto y fascinación. No podía apartar la mirada. Las mejillas me ardían y el corazón parecía querer escaparse del pecho.
Creo que ese día dejé atrás una parte de mi infancia. Nunca volví a mirar el mundo de la misma manera.
Después de aquello la evitaba. Sin embargo, con el paso de los años terminé perdonando aquella infidelidad que solo existía en mi imaginación infantil. Sin saberlo, Mari me había regalado uno de esos recuerdos que el tiempo no consigue borrar: el instante en que comprendí que el mundo de los adultos era mucho más complejo de lo que yo había imaginado.
Tal vez lo que viví esa noche fue un anticipo de muchas cosas que vendrían después. Hay recuerdos que no nos abandonan jamás, no por lo que ocurrió, sino por la persona en que nos convirtieron.
Hasta hoy recuerdo a mi vecina y le adjudicó la
Autoría de mi despertar erótico...
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