Creyó que era para todos, pero giró la cabeza y vio que los suyos se inclinaban sobre mesas extrañas, nublados y oscurecidos por los parpadeos de las luces. Avanzó esquivando hombros y recibiendo uno que otro codazo: se abrió ante ella un corredor con una silla, y sobre la silla un hombre con las piernas cruzadas, o eso le pareció, y la cabeza hunda en la siringa: solo veía sus cuernos retorcidos: los tocó del cráneo a la punta, escuchó una nota y al montársele sintió el pelaje. Entonces él la miró de frente, se rascó la barba, quebró una de las cañas y la metió entre sus pechos.
La encontraron a horcajadas, con la cabeza sobre el espaldar.
Logró sentir el tubo y guardárselo hondo.
En casa, a la noche, pasado el bullicio y los voladeros del guayabo, la encontró tirada bajo un mueble. Intentó soplarla, pero el dios se le apareció en la silla, a oscuras o iluminado de rosas y azules, negando con el dedo y atrayéndola a sus patas. Fue acercándose, demorando su obsequio, y esta vez le jaló un mechón de barba... para iniciar la figurilla.
El Pedregal, febrero 17 de 2025
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Ilustración: Daniel Bedoya Zapata (2025).
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