Lectura

CADENAS INVENCIBLES

Por Don Bértigo · El Salvador · Humor

CADENAS INVENCIBLES
"¡Jehová! ¡Jehová! Dios fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad".

Repetía Matusalén las palabras del éxodo. Pero su voz subía al cielo con una lentitud imperdonable.

"¡Jehová! ¡Jehová! Dios fuerte, misericordioso..." Todos los días. Y su clamor no vencía los interminables años-luz. Y seguía, al pie de las patas de la mesa del conde, muriendo con una lentitud vertiginosa. El conde, por hereje, lo estaba matando de hambre.

-- Adoras a un dios que no es mi dios -le dijo-. Así que serás encadenado a las patas de mi mesa y te alimentarás de las migajas que caigan; es mi voluntad.

El famélico lamía el piso para aprovechar hasta la última migaja.

Pero su fe era insistencia inquebrantable: "¡Jehová! ¡Jehová! Dios fuerte, misericordioso", al amanecer, al medio día y al anochecer le suplicaba a dios que no lo dejara morir de hambre. Pero no llegaban sus plegarias hasta el trono del todopoderoso.

Pero un día... una terrible enfermedad le llegó al conde, la misma enfermedad que le llegó al padre del conde; la misma que le llegó al padre del padre del conde.

Comenzó con un leve temblor en una mano, que le hacía soltar mendrugos más grandes. Matusalén se alimentaba un poquito más. Luego el temblor llegó a la otra mano. Matusalén se alimentaba mejor. Y los temblores aumentaron. Un día se le cayó una pierna asada de avestruz. Matusalén se alimentó hasta saciarse.

Matusalén vivió cuarenta años. Murió, por una estocada temblorosa, debajo de la mesa del conde. Hasta la última hora, Matusalén le agradeció a dios por haber escuchado sus plegarias.

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