Como suelo levantarme sin encender las luces, noté que por la ventana entraba una claridad inusual. Me acerqué y vi la luna hacia el oeste, a la altura del Puntal; estaba radiante, como queriendo emular a un sol de eclipse. Estuve media hora contemplándola, pensando en su magnífico porte, en su distancia y en su poder. Lamento no haber tenido un telescopio a mano, pero la sensación fue soberbia.
Mis gatas, a mi lado, no miraron la luna ni una sola vez; supongo que en su naturaleza no está la curiosidad por la astronomía. Hice algunas fotos y un vídeo, aunque no salieron del todo bien porque no apliqué los ajustes adecuados para fotografiar la luna; aun así, la intensidad de la luz se aprecia perfectamente.
Esa luna, en este día 26 de septiembre, alcanzó la máxima luminosidad del año. Me encantó contemplarla; al final, a veces los imprevistos molestos -como que me despertara el sobrino de la vecina- nos regalan espectáculos fabulosos que no tienen precio y que, al menos para mí, no estaban anunciados de antemano.
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