Lectura

LA MESA DE LA ABUELA

Por Delphina · Uruguay · Historia real

LA MESA DE LA ABUELA
Cada domingo, la casa de la abuela parecía hacerse pequeña.
No porque sus paredes cambiaran, sino porque allí cabía una familia enorme. Siete hijos, más de veinte nietos, cuatro yernos, tres nueras, pequeños que corrían de un lado al otro y algún que otro invitado que siempre terminaba ocupando un lugar en aquella mesa interminable.
Desde temprano comenzaban los preparativos.
La abuela se levantaba antes que todos. Se ponía su delantal, recogía su cabello y comenzaba a amasar los fideos. Sus cuatro hijas y sus tres nueras la ayudaban, mientras entre charlas, risas y algún secreto compartido, la harina terminaba inevitablemente sobre la mesa, las manos y hasta la ropa.
-¡Cuidado con esos fideos! -decía la abuela, aunque sabía que nadie podía cuidar de nada cuando había tanta gente alrededor.
Afuera, bajo el parral, se colocaba la enorme mesa de madera maciza. El abuelo tomaba mate con sus hijos y sus yernos. Hablaban de todo y de nada. Del trabajo, del tiempo, de algún vecino, del partido del domingo. Las conversaciones se mezclaban con las risas que llegaban desde la cocina.
Y mientras tanto, los niños correteaban por toda la casa.
Entraban y salían, jugaban a las escondidas, se perseguían por el patio y aparecían en la cocina justo cuando alguien acababa de preparar algo rico.
Duque, el fiel perro del abuelo, intentaba seguirles el ritmo. Corría detrás de ellos, movía la cola y, después de unos minutos, terminaba rendido debajo de alguna silla.
La tía abuela, que ya llevaba muchos años viviendo con ellos, tenía su propia tarea. Doblaba las servilletas, cortaba el pan y acomodaba las cosas con una paciencia infinita.
Cuando finalmente llegaba la hora de comer, todos buscaban un lugar.
No importaba si había que agregar una silla, compartir banco o sentarse un poco apretados.
La mesa era grande.
Y si no alcanzaba, se hacía más grande con algún tablón que había por ahí.
El pan pasaba de mano en mano. La pasta llenaba los platos. El vino acompañaba las conversaciones de los mayores. Los niños pedían más queso, más pan, más postre.
Todos hablaban al mismo tiempo.
Nadie escuchaba demasiado a nadie.
Y, sin embargo, todos se entendían.
Aquella mesa tenía algo especial.
No era solamente madera, platos y cubiertos.
Era el lugar donde la familia se encontraba.
Allí se anunciaban noviazgos, nacían planes, se contaban problemas, se celebraban cumpleaños y se compartían preocupaciones. Allí también se lloraba alguna tristeza, aunque casi siempre alguien encontraba la manera de hacer reír a los demás.
Los domingos pasaron.
Primero se fue la tía abuela.
Después la abuela cerró su cuaderno de recetas y
finalmente el abuelo dejó su mate bajo el parral.
Con cada despedida, la casa quedó un poco más silenciosa.
Los nietos dejaron de correr por el patio. Algunos se fueron lejos. Otros formaron sus propias familias. Las reuniones fueron haciéndose menos frecuentes y aquella mesa, que alguna vez parecía demasiado pequeña, comenzó a sobrar. Todos tenían obligaciones interminables.
Hasta que llegó el día de vaciar la casa.
Entraron con cajas, bolsas y recuerdos.
Había que decidir qué guardar, qué regalar y qué dejar atrás.
Alguien abrió un cajón y encontró unas servilletas cuidadosamente dobladas.
Otra persona descubrió una vieja receta escrita con la letra de la abuela.
En un rincón apareció un mate que había pertenecido al abuelo.
Y alguien, casi sin querer, encontró una fotografía.
Allí estaban todos, la abuela, sonriente, detrás de la mesa.
El abuelo junto al parral.
Los hijos, las nueras y los yernos.
Los nietos, algunos serios y otros haciendo alguna travesura.
Y Duque, sentado al frente, como si también supiera que aquel momento era importante.
Por unos segundos, nadie habló.
Porque todos pudieron escuchar, dentro de su memoria, aquel viejo domingo.
Las risas estruendosas,los platos humeantes con pasta casera.
Las voces mezcladas con el ruido de las sillas.
El ladrido de Duque.
La voz de la abuela llamando a todos a la mesa.
Entonces comprendieron algo.
La casa podía vaciarse, los muebles podían desaparecer.
Las paredes podían quedar en silencio.
Pero aquellos domingos no se irían nunca.
Porque algunas casas no se construyen con ladrillos.
Se construyen con recuerdos.
Y algunas mesas no se recuerdan por la madera, ni por los platos que tuvieron encima, sino por todas las personas que alguna vez se sentaron alrededor de ellas.
Antes de cerrar la puerta por última vez, alguien miró hacia atrás.
La casa estaba vacía.
Pero, por un instante, pareció escuchar las voces de todos.
Y sonrió.
Porque entendió que la mesa de la abuela nunca había estado dentro de aquella casa.
La mesa de la abuela estaba, y seguiría estando, dentro de cada uno de ellos.

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Comentarios

Prof. José Núñez

¡Hermoso! Una mesa que tenía algo especial...
Es un recuerdo que nos embarga a muchos. Aquí en mi país es una costumbre en Navidad.
Gracias por compartir. Un abrazo.

Delphina

Hola.
Esa era mi familia. Mi padre, mi madre, mi tía, 3 hermanos, 3 hermanas y nuestros hijos. Hace 5 años se fue mi papá y nunca volvimos a armar la mesa, ni tomar mate bajo el parral. Fui quién cerró por última vez la casa de mis padres antes de venderla.
Gracias por leer y comentar. Abrazo cordial.

Rey Neira Bustamante Admin

Tremenda historia, vivencias que no se olvidan, llenan el alma al recordarlas...

Delphina

Muchas gracias por tu comentario.

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