Lectura

Piensa que cada día puede ser el último

Por Liyanet Caraballo Ulloa · Cuba · Ciencia Ficción

Piensa que cada día puede ser el último
Carta de Carlos a su amor

Vengo a la luz de esta página como quien anda de madrugada buscando amanecer en un alma imprevista.

El hoy que escribo -ayer cuando tú leas- rompe el tiempo. Quiero que mis palabras no queden solo en este papel. También en tu corazón.

[...]

Hoy estoy muriendo.
La tos no me deja ni respirar. La fiebre me alucina. Alucino todos los momentos felices que pasamos juntos.

Sé que la muerte me llama. No tengo miedo. Es una llamada de amor. Podemos responderle sí. Aceptarla como una forma eterna de vida y transformaciones.

Quiero seguir vivo para amarte. Eso no me hace daño.

¿Sabes? Amar delirantemente es el don más alto de nuestra especie: nada como mirar el infinito con los ojos de quien siente que le alcanza la vida para darla.

[...]

Solo cuando se está cerca de la muerte se entiende lo maravilloso de existir.
Pero no quiero dejarte. No me queda tiempo para odiar. Solo para amarte.

[...]

La tos se hace más fuerte. Las manos me tiemblan. Casi no puedo escribir.
Perdón. Los labios se me han reventado por la fiebre. Me limpio con las manos y la hoja está toda embarrada.

Tengo un espejo a mi lado. Devuelve un cadáver en vida. Los espejos deberían pensárselo dos veces antes de devolver una imagen. Porque este, por ejemplo, me hace sentir muerto.

[...]

Cómo quisiera estar junto a ti. Que tus brazos me estrechen contra tu pecho hasta que tu aroma sea mío.

¿Sabes cuánto te amo?

El cuerpo que muere no es el que nació. Para crecer debemos experimentar muchas muertes. Una y otra vez cambiamos de aspecto, de actitud, de comportamiento. La persona que muere es solo una de las personas que fuimos.

Cometí un error. Pero aquel cobarde que no supo luchar por ti ya ha muerto.
Queda este hombre de fiebre y arrepentimiento. Que espera que lo perdones.

[...]

Ya no siento las piernas.
Hace un rato trajeron la cena. No pude comer. Un coágulo de sangre me cierra la garganta.

En mi cabeza es invierno. En mi corazón, eterna primavera.
Cuanto más me acerco al final, más oigo las voces inmortales de los mundos que me invitan.

¿Estaré muriendo?

No quiero que llores. Si lloras porque se ha puesto el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas.
Estaré siempre a tu lado. Como tu ángel guardián.

[...]

La muerte está tan segura de que nos va a ganar, que nos da toda una vida de ventaja.

Pero no es justo. Mi vida no está completa. Me faltas tú.
No puedo terminarla tan pronto. Veintiocho años no me son suficientes.
No quiero morir sin ti.
Quiero vivir para hacerte feliz.
Muerte, no seas tan cruel.
Yo la amo.

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Amor:

Vengo a la luz de esta página como quien anda de madrugada buscando en un alma imprevista. E...

(El resto de la hoja está vacío. Solo manchas de sangre.)

?

Carlos nunca supo que el SIDA y la muerte se habían puesto de acuerdo esa noche. Él seguía pensando en ella, en la frase que no terminaba. La muerte le concedió el favor de no avisar. Pasó de una letra a la nada sin darse cuenta. Sin miedo. Sin despedida. Solo con un "E..." a medio escribir entre los labios.

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