Y es que, con su nariz en forma de C y su frente hundida no era un galán de noche. Pese a que su piel rosácea y sus labios de un rojo escarlata provocaban flechazos a contracorriente. Pero aquella nariz...
Un jueves al amanecer se pintó como el principio del final.
-- ¡Adiós, guapo! -le dijo una mujer que se prendió de aquellos labios rojos.
¡A caminar, patitas! Donato la siguió hasta un recodo donde se juntaron sus ojos.
-- ¡Quédate y nos tomamos un café!
-- ¡No! Ya clarea. Mañana. Aquí, a media noche -le dijo, y Donato la vio mejor. Era de una palidez casi temible y de ojos carbón invisible, mirada de piedra.
Y a la media noche del viernes (que debió ser 13), se juntaron.
-- Estoy sedienta -dijo ella. La invitó a una soda. Buen caballero.
-- Sedienta de otra cosa... de que estemos solos.
Se perturbó, pero logró recuperar el aliento. Y en su carro la llevó al pequeño motel "El carmesí". Ya a solas, se lanzó sobre su amante con frenética sed. Mordió y mordió aquellos labios rojos. Mordió y mordió aquella piel rosácea.
-- ¡Quiero que tu sangre palpite en mi interior! -exclamó ella.
"Un hijo", pensó Donato. ¡Vaya! La damita iba a pasos agigantados.
-- ¡Sí, mi amor! ¡Mi sangre será tu sangre! ¡Saldremos tres de aquí!
La mujer abrió su boca-pótamo, grande, grande... Apretó y succionó en la rosácea garganta.
¡Se desplomó! ¡Palidez cadavérica!
Salió apresuradamente, pues ya clareaba. Llevaba la sangre de su amante palpitando en su interior; y sus ojos, otrora negros, habían tomado un rojo carmesí vivo.
Y así, en un acto de amor, Donato Susang donó su sangre a una vampira que llevaba días sin beber.
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