-- ¡Mira! -me dijo y me mostró unos binoculares, es la afición que tiene arraigada desde la niñez-. Con estos podemos ver desde el volcán hasta una rata que esté aquí -dijo muy alegre.
Me mostré dudoso para darle cuerda a su espíritu ampuloso.
-- Aunque no lo creás -y me mostró unos lentes.
Al día siguiente decidimos subir al volcán para comprobar la capacidad de sus binoculares. Por ser digitales, incluían una pantalla.
-- Voy a volver tarde, mi amor. Quizás ya noche -dijo al despedirse de su mujer.
Ya en la cúspide, y después de unas cervecitas, comenzamos a rastrear con los binoculares el Centro Histórico: el Parque Libertad, la catedral, el cine Apolo, la BINAES... Después se dio a la tarea de buscar su casa, y dio con ella.
-- ¡Mirá! Hermosos se ven los mangos de mi palo.
Yo, desde luego, miraba en la pantalla.
-- ¡Ahhhh! La Gominola, mi linda perrita.
Entonces salió su mujer semidesnuda del baño; y atrás de ella, un hombre entuallado; y atrás del hombre y moviéndole la cola, la Gominola.
-- Cuando llegue la voy ahorcar -dijo enfadado.
-- Qué culpa tiene. Es solo una linda perrita.
-- ¡Es una rata! -exclamó.
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