Padre:
Escribo desde el silencio. Antes de que la muerte me encuentre.
[...]
Nací un 1º de abril, sin pedir venir al mundo. Tú querías un varón. El único. El que seguiría tus pasos.
Crecí entre mimos y caprichos. También entre mi debilidad. Mis hermanas eran más fuertes que yo.
Ahí supe que no era como los demás. Mis gustos se parecían más a los de ellas.
Me volví un niño solitario, muy apegado a mamá. Ella era la única que me entendía. La ayudaba a escoger su ropa. Escuchaba sus conversaciones con amigas. Me hice un hábito de su sombra.
[...]
Llegó el preuniversitario. Becado.
Tú dijiste que allí aprendería a ser hombre.
Y tenías razón. Aprendí a ser yo mismo.
Allí supe lo que soy.
Un homosexual.
[...]
Perdóname. Por no ser lo que esperabas.
[...]
En la universidad conocí a un chico. Me entendía. Me quería.
Fue mi primer amor.
Un hombre.
¿Qué deshonra para ti?
Pero nos quisimos. Demasiado.
No rompas la carta. Sigue leyendo.
[...]
Mamá siempre lo supo. Y nunca dejó de amarme. Porque el amor es una escalera al cielo: no tiene peldaño final.
Yo fui feliz entonces. Quien sabe darse, posee la mayor riqueza.
Tú nunca lo comprendiste.
[...]
Él desapareció. Sin rastro.
Mi mundo se vino abajo. En clase todos me miraban extraño. No sé si siempre fue así y yo no quería verlo.
[...]
Una mañana tocaron la puerta.
Abrí.
Allí estaba él. Callado. Delgado. Magullado.
En sus ojos, una lágrima.
De arrepentimiento.
No supe si dejarlo entrar o echarlo.
Él entró solo. Me abrazó. Lloró.
No venía a regresar.
Vino a pedirme disculpas.
Y a decirme que tenía SIDA.
[...]
Fue como morir en ese instante.
Pensé que ya nada existía. Ni amor. Ni cariño. Ni solidaridad.
Yo mismo lo había destruido.
Pero lo peor no fue el virus.
Fue saber que no podría contarlo en casa.
Sentirme solo en la vida.
[...]
Por eso te escribo. Para que me aceptes como soy. Para que no tenga que esconderme detrás de una máscara.
Quiero terminar mi vida junto a ustedes. Junto a mamá. A mis hermanas. A ti.
Perdóname, padre. Por no ser el hijo que esperabas.
Pero mi cariño hacia ti nunca faltó. Muchas de tus cualidades están en mí.
No te pido orgullo.
Solo que me entiendas. Que dejes que regrese a casa. Sin ofensas. Sin mal humor.
A terminar mi vida con los que más amo.
No dejes que la muerte me impida cumplir mi petición.
Es lo único que te he pedido.
Me he llenado de valor para escribirte. Conozco tu forma de ser.
Pero nada en la vida es perfecto.
[...]
Perdóname, papá.
?
Raúl nunca supo si su padre leyó la carta entera. La muerte y el SIDA ya habían pactado esa noche. Él siguió escribiendo hasta que la fiebre le nubló los ojos. La última línea fue "Perdóname, papá". Después, solo silencio y una hoja manchada.
Cuando encontraron el cuerpo, la carta seguía en sus manos. Cerrada. Sin dirección. Sin sobre.
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