Lectura

La vez número cien

Por N3gr4.om · Chile · Historia real

La vez número cien
Anoche volví a urgencias.

Podría decir que fue una noche difícil, pero la verdad es que fue mucho más que eso. Fue una de esas noches en las que el cuerpo deja de sentirse como un lugar seguro y todo lo que creías haber aprendido para sostenerte parece desmoronarse por unas horas.

Lo que comenzó como una sinusitis aguda terminó convirtiéndose en una tormenta perfecta.

Horas antes había enfrentado una audiencia. Aunque durante todo ese tiempo me mantuve serena, hoy entiendo que mi cuerpo estaba haciendo un esfuerzo enorme por sostener una tensión que yo todavía no alcanzaba a reconocer. A veces el estrés no explota cuando termina el momento difícil; espera. Se queda en silencio hasta encontrar el instante exacto para salir.

Después apareció el dolor.

No era el dolor habitual de la neuralgia del trigémino. Era distinto. Era una presión intensa en la cabeza provocada por la sinusitis. Pero cuando vives con un sistema nervioso que ha aprendido el dolor durante años, un dolor nuevo no llega solo. Llega acompañado por la memoria de todos los anteriores.

Mi cuerpo no distinguió entre una sinusitis y una neuralgia.

Solo reconoció peligro.

Y entonces ocurrió lo que tantas veces he explicado desde la teoría, pero que vivir sigue siendo profundamente aterrador: el dolor comenzó a alimentar el miedo, y el miedo comenzó a amplificar el dolor.

Sentí cómo mi respiración se aceleraba. Mi pecho se cerró. Mi corazón latía con fuerza. Intentaba convencerme de que respirara, de que mantuviera la calma, de que aquello podía ser una crisis de pánico. Pero al mismo tiempo el dolor seguía aumentando y llegó un momento en que ya no pude distinguir qué estaba provocando qué.

No sabía si era el dolor el que estaba desencadenando el pánico o si el pánico estaba haciendo insoportable el dolor.

Solo sabía que necesitaba ayuda.

Y terminé, una vez más, en urgencias.

Mientras esperaba ser atendida apareció un pensamiento que me dejó en silencio.

Esta era mi visita número cien a un servicio de urgencias en los últimos cuatro años.

Cien veces.

Escribir ese número todavía me cuesta.

Cien veces entrando por una puerta esperando que alguien pudiera aliviar un dolor que muchas veces ni siquiera se puede explicar con facilidad.

Cien veces sintiendo miedo.

Cien veces intentando sostener un cuerpo que, por momentos, parece olvidarse de cómo vivir sin estar en alerta.

Nadie imagina lo que significa acumular cien ingresos a urgencias. No son solo consultas médicas. Son cien momentos en que el dolor fue tan intenso que dejó de ser posible manejarlo sola. Son cien veces en que la vida cotidiana se detuvo para dar paso a la supervivencia.

Y, sin embargo, mientras estaba sentada ahí, también comprendí otra cosa.

No había llegado a urgencias porque hubiera renunciado a mí.

Había llegado porque sigo eligiendo cuidarme.

Hay una diferencia enorme entre rendirse y pedir ayuda.

Durante mucho tiempo pensé que volver a urgencias significaba retroceder. Hoy entiendo que no. Hay enfermedades que no siguen una línea recta. Hay días buenos y días devastadores. Hay avances que conviven con recaídas inesperadas. Eso no invalida el camino recorrido.

Solo recuerda que el camino sigue existiendo.
Anoche también confirmé algo que la psicología del dolor lleva años intentando explicar: el cuerpo tiene memoria.

Cuando has vivido durante años con dolor intenso, el sistema nervioso aprende a reaccionar antes incluso de que la razón alcance a comprender lo que está ocurriendo. No es exageración. No es falta de control. Es un organismo que ha permanecido demasiado tiempo en estado de alerta.

Y aun así, aquí estoy.

Hoy escribo estas palabras desde la calma que anoche parecía imposible.

Con una sinusitis que sigue doliendo.

Con una neuralgia del trigémino que continúa formando parte de mi vida.

Con un sistema nervioso que todavía tiene mucho por sanar.

Pero también con algo que hace cuatro años no tenía: la capacidad de comprenderme con más compasión.

Anoche no gané ninguna batalla épica.

No salí de urgencias sintiéndome invencible.

Solo volví a casa sabiendo que incluso después de cien visitas, sigo eligiendo hacer lo mismo que he intentado hacer desde el principio: escuchar a mi cuerpo, pedir ayuda cuando la necesito y seguir aquí.

Porque a veces la mayor valentía no consiste en soportarlo todo.

A veces consiste, simplemente, en atravesar otra noche difícil... y volver a empezar al día siguiente.

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Comentarios

Rey Neira Bustamante Admin (editado)

Primero, gracias por entregarnos tu intimidad, creo entenderte un poquito pero desde la perspectiva del dolor del alma, es curioso como pasan las cosas, recién publique una historia que tiene que ver con los dolores... La paradoja de la pintura
Te doy la vienvenida a Pluma, ojalá la vida te invite a escribir desde el otro lado del cuadro, y aqui estaremos leyéndote, un abrazo...

N3gr4.om

Muchas gracias por tus palabras y por la bienvenida <3 .

Me emocionó leer eso de "escribir desde el otro lado del cuadro". Hoy todavía escribo desde dentro de él, intentando poner en palabras una experiencia que muchas veces resulta difícil de explicar. Si mis relatos logran que alguien se sienta un poco menos solo, entonces ya habrán cumplido su propósito.

Voy a leer La paradoja de la pintura. Gracias nuevamente por recibirme con tanta calidez. Un abrazo.

Grace Anastasia

El cuerpo es sabio y la mente muy fuerte, casi invencible.
Empatizo con tu miedo por perder el control y por que una vez mas algo duela, pero la vida es linda con unos breves episodios oscuros, espero todo salga bien ??

N3gr4.om

Grace, gracias por leerme y por detenerte a dejar estas palabras. ? Creo que el cuerpo tiene una sabiduría inmensa, aunque a veces también se convierte en un territorio difícil de habitar. Estoy aprendiendo, justamente, a convivir con esos episodios oscuros sin dejar que sean toda mi historia. Gracias por acompañarme en este camino.