Las ovejas madrugadoras se despertaban con la niebla buscando el pasto tierno, mientras Andrés, con las manos aún tibias por el recuerdo de Carla, recorría los parajes empinados del caserío que bordeaban los cultivos de café. El aire olía a clavellinas y a jazmines húmedos, esos mismos que ella solía acomodarse en las trenzas negras de su cabello antes de que el sol se escondiera tras las montañas del páramo.
A lo lejos, la casa de bahareque parecía flotar sobre una marea de neblina espesa, suspendida en el tiempo como un latido antiguo. El río murmuraba piedras abajo, arrastrando consigo pétalos blancos.
Andrés aceleró el paso, sintiendo que la tierra misma contenía la respiración. Al cruzar el portal del zaguán, el cri-cri de los grillos se silenció de golpe. Un inquieto colibrí esmeralda, en el centro de la sala, revoloteaba sosteniendo en su pico una gota de rocío que guardaba la imagen intacta de los ojos tristes de Carla.
Ella estaba allí, de pie junto a la ventana, vestida con un lino tan blanco que la luz parecía nacer de su propia ropa. No pronunció palabra; su sola presencia bastó para que las isoras del jardín exterior cambiaran súbitamente de color, volviéndose violetas como el crepúsculo en que se despidieron por última vez. El tiempo, vencido por la memoria, se desdibujó entre sus manos entrelazadas, convirtiendo el dolor de la ausencia en un instante eterno, dulce y frágil, suspendido en el aire.
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Comentarios
Gracias, Nayar!
Me alegra que te hayas detenido a leer y me gusta tu comentario. De eso se trata de que leamos los trabajos de los demás. Aunque no conozco mucho de poesía, he leído tus trabajos. Recibe un saludo y un abrazo desde Venezuela.
será placer volver a leerte
me encanto tu narrativa, la sentí muy rítmica, en verdad una historia muy triste pero llena de un ritmo exquisito