La noche no llegó de golpe; descendió con la delicadeza de una pluma, envolviendo el mundo en un silencio antiguo. Fue entonces cuando comenzaron los susurros.
No provenían del viento ni del crujido de los árboles. Nacían en un rincón invisible del corazón, donde habitan las palabras que nunca se dijeron y los sueños que aún esperan ser pronunciados.
Cada susurro llevaba un recuerdo. Uno olía a lluvia sobre la tierra seca; otro tenía el perfume de una infancia que aún corría descalza entre los jardines.
Algunos hablaban de pérdidas, otros de encuentros que el destino había escrito mucho antes de que los ojos pudieran reconocerse.
Cerré los párpados y comprendí que el silencio nunca estuvo vacío. Era un puente. Una voz sin rostro me recordó que las cicatrices también aprenden a cantar cuando dejan de esconderse de la luz.
Entonces entendí que la vida no grita las verdades esenciales. Las confía en voz baja, como quien entrega un tesoro. Hay que detener el paso, aquietar el miedo y escuchar.
Desde aquella noche camino de otra manera. Ya no busco respuestas en el estruendo del mundo.
Prefiero los susurros, esas pequeñas revelaciones que nacen entre un latido y el siguiente, donde el alma reconoce el camino antes de que la razón descubra el destino.
Norma Beatriz Castillo (octubre del 2025)
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