Pasaron los años, y el relojero se convirtió en un anciano. Sus manos, hábiles y firmes, comenzaron a temblar. Sus ojos, que antes distinguían hasta el más mínimo detalle en los mecanismos, empezaron a nublarse. Un día, mientras trabajaba en un viejo reloj de pared, se detuvo. Miró a su alrededor: su taller estaba lleno de relojes, todos marcando la hora con precisión milimétrica. Pero él, el hombre que había dedicado su vida a medir el tiempo, sintió que no había vivido.
Recordó los sueños de su juventud: viajar, pintar, escribir, enamorarse. Había pospuesto todo para "más adelante", convencido de que el tiempo siempre estaría ahí, esperándolo. Pero el tiempo no espera. El tiempo avanza, silencioso e implacable, y ahora, al final de su camino, el relojero se daba cuenta de que había reparado el tiempo de los demás, pero había descuidado el suyo propio.
Con un suspiro, tomó el viejo reloj que tenía entre sus manos y lo dejó sobre la mesa. Ya no quería arreglar más relojes. Quería vivir. Quería sentir el sol en su rostro, escuchar el canto de los pájaros, caminar sin prisa por el parque. Quería hacer todas esas cosas que había pospuesto, aunque fuera por un solo día.
Pero el tiempo, ese viejo compañero que tanto había estudiado, le jugó una última broma. Al día siguiente, el relojero no despertó. Su corazón, cansado de latir al ritmo de los relojes que había reparado, se detuvo en silencio.
En su taller, los relojes siguieron marcando la hora, como si nada hubiera pasado. Pero en el pueblo, la gente comenzó a contar su historia. Y así, el relojero se convirtió en una leyenda: el hombre que arreglaba el tiempo de los demás, pero que
nunca tuvo tiempo para sí mismo.
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