En aquel tiempo comíamos ancas de rana para merendar, rebozadas y fritas con el aceite verde de cuando no había insecticidas. Mi abuela era maestra en frituras, logrando exquisiteces en anguila, dorada, rana o lubina, todo cogido una hora antes de condimentarlo; el mordisco de esas delicatessen no puede degustarse hoy. Del hábitat de esa comida a la cocina no había más de 500 metros y el tiempo, desde la pesca a la mesa, no rebasaba los 60 minutos. Solo hacía falta harina, aceite y sal. Con la maestría de mi abuela, era tal la abundancia que ni pan comíamos.
He presenciado diálogos de lubinas moribundas, quejándose de nuestra sapiencia y facilidad para sacarlas del mar. Las ranas, en su croar, decían que nos odiaban, y las anguilas se conjuraban para comernos si tuvieran ocasión cíclica.
Pero volviendo al inicio, mis opiniones, desde hoy en adelante, van a ser cuánticas, sin resolver nada. Porque he visto a políticos y a clero mal preparados, y a personas del pueblo llano emitir sentencias y opiniones de todo. Yo voy a opinar y a no opinar al mismo tiempo, desde ya.
B.M.
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