-- Son una peste... Nos maltratan sin piedad...
-- ¡Y este maldito que no hace nada para protegernos!
-- Nunca lo hará. Se lucra con nuestro dolor.
-- Y tenemos que soportarlos nos guste o no.
-- Así van a seguir, encaramándosenos siempre que quieran.
-- Yo, si no tuviera a mi querido Pepito, que tanto lo amo, ya me
hubiera fugado de este maldito lugar. Aunque me tocara ir a tragarme espinas en los montes.
-- Es una desgracia. Ayer se me encaramaron tres al mismo tiempo.
-- Yo tuve que soportar a un maldito viejo barrigón... Calculo que pesaba unas 300 libras.
-- Ahí viene uno. Capaz que me va ahorcar con ese mecate que trae.
-- Creo que a vos te va elegir. Como movés bien las patas... Además de tu juventud.
El hombre se acercó. Lucía un chaleco de lona, pantalón de lona, sombrero y botas tipo charro.
Lucero, que así se llamaba el caballo, sintió el mecate caerle sobre el cuello.
-- Vamos, Lucero. Hoy son las fiestas... habrá carreras de cinta.
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