El aguacero de octubre no caía del cielo; parecía brotar de la tierra misma con la furia de un río desbocado que arrastra consigo escombros, memoria y destellos de luces viejas. Yo pertenezco a esa corriente inquieta, el caudal que golpea las piedras de las riberas mientras las raíces de los bucares se enredan con abrazos enmarañados. En medio del temporal, allí estaba ella, de pie en el zaguán de bahareque, convertida en savia y luz que habitaba cada rincón de mis pensamientos.
La tormenta arreciaba sobre el caserío de techos de zinc, doblando los cafetales. Sin embargo, su presencia era la certeza de mis sueños, la tinta oscura y viva que nutre mi inspiración. Su sola mirada me desarma por completo, volviéndome vulnerable a sus deseos y a los instintos más puros de la naturaleza. Afuera, el trueno sacudía los techos; aquí, el tiempo se detenía.
Cada movimiento suyo era como un poema eterno que mi imaginación dibujaba, rindiéndole un homenaje silencioso a cada poro de su piel morena, mientras el eco de sus gemidos se fundía con el silbido del viento, convirtiéndose en el grito eterno de mi alma. Solo a ella pertenecía. Suyos eran mis suspiros, mis ganas de abrazar el mundo y esa necesidad bendita de escribir sobre sus sentidos, sobre aquellos rocíos tibios que deja la madrugada en su regazo.
Entonces ocurrió el prodigio. Su sonrisa cruzó la frágil línea de la utopía y, como si un relámpago decidiera quedarse a vivir en el sueño, hizo realidad el resplandor de mis ojos que recorrían su figura. En ese instante, los helechos del patio empezaron a levitar, contagiados por aquel hechizo. Era ella, la mujer que amaba, la que había llegado a mi destino para enseñarme que la magia sí existe, y que en algún rincón secreto del cosmos, su amor y el mío se fundieron para encender la estrella más linda y eterna.
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Comentarios
Saludos, Delphina ¡Gracias por leer! Un abrazo.
Qué lindo sentido de pertenencia: " Era ella la mujer que amaba"
Muchas gracias. Saludos