Bajó las escaleras y se encontró a Yadira sirviendo el desayuno: un pedazo de pan duro con un poco de aceite y un vaso de leche en polvo disuelta en agua para Cristiano. Felipe ya se había ido a la guardia.
Yadira: "¿No te vas a comer el pan?"
Cristian: "Después me lo como en el recreo, mamá. Me voy a demorar porque tengo que pasar por casa de los abuelos."
Yadira no preguntó más. Sabía que era sábado cuando Mario enviaba los 4.000 pesos, pero Cristian siempre iba a buscarlos entre semana, cuando podía, aprovechando las tardes libres. Ese dinero, aunque él no lo usaba para la casa, seguía siendo un ancla que lo ataba a la carretera de 28 kilómetros.
Yadira: "Cuida la bicicleta, que la llanta trasera está perdiendo aire."
Cristian: "Sí, mamá. La inflé ayer en la ponchera de la esquina."
Cristian metió el pan en la mochila, junto a los libros, y salió a la calle. Montó en la vieja Niagara de cuadro de acero y empezó a pedalear hacia el preuniversitario. Las calles de tierra del pueblo estaban aún húmedas por el rocío de la madrugada.
En el salón de clases, el profesor de Historia estaba explicando la guerra de independencia. Cristian miraba la pizarra, pero su mente viajaba a la fiesta del sábado. Recordaba el bolero con Melisa, el calor de su mano en la suya, y esa frase que se le quedó grabada: "En Cuba necesitamos gente que se quede".
Yander (susurrando desde el pupitre de atrás): "Asere, ¿qué te pasa? ¿Te dejó la novia?"
Cristian (sin volverse): "Cállate, Yander, que el profesor te está mirando."
El timbre del recreo sonó a las 10 de la mañana. El patio del preuniversitario se llenó de jóvenes. Algunos sacaban sus loncheras; otros se arremolinaban alrededor del puesto de venta de comida que un señor del pueblo ponía todas las mañanas: croquetas de jamón a 50 pesos, pastelitos a 70, y jugo de naranja en bolsitas de plástico a 100.
Cristian se sentó en una banqueta de cemento con Yander. De su mochila sacó el pan duro que le había dado su mamá y se lo comió mientras charlaban.
Yander: "Oye, ¿tú sabes que Melisa está en el grupo de estudio de biología? Dicen que se pasa las tardes en la biblioteca del pueblo."
Cristian (mordiendo el pan): "Y bueno, ¿qué quieres que haga? ¿Que me ponga a leer libros de medicina?"
Yander: "No, pero podrías pasar por ahí, decirle cualquier cosa, ofrecerte a llevarle un jugo. ¡Hombre, que yo no soy tu papá para decirte cómo ligar!"
Cristian se rió, pero la idea le dio vueltas en la cabeza. A su alrededor, un par de compañeros de clase hablaban de sus zapatillas nuevas, de la ropa que les había llegado en un "paquete" de familiares en el extranjero. Ellos no tenían que preocuparse por el carbón ni por el aceite. Vivían en una burbuja.
Yander: "¿Tú qué vas a hacer esta tarde?"
Cristian: "Tengo que ir a casa de los abuelos a recoger los 4.000 de mi papá. Luego, si llego a tiempo, tengo que ayudar a Felipe a cargar unas tablas que pidieron en la carpintería del pueblo."
Yander: "¿Sigues trabajando en el carretón?"
Cristian: "De vez en cuando. Me paga 1.000 pesos por viaje. Es poco, pero es mío."
Yander lo miró con respeto. No todos en el pre tenían que trabajar fuera de la escuela. Pero Cristian ya no se avergonzaba de ello.
Cuando sonó el timbre de salida, Cristian se fue directo a la bicicleta. Los 28 kilómetros hasta casa de los abuelos eran su penitencia y su alivio. Bajo el sol de la tarde, pedaleó sin parar, esquivando baches y levantando polvo. El paisaje era el mismo de siempre: campos de caña, algunos sembradíos, y de vez en cuando un campesino en un carretón de bueyes levantando la mano para saludarlo.
Cuando llegó a la reja de metal de sus abuelos, el sudor le corría por la frente. Caridad lo recibió con un vaso de agua y una sonrisa.
Caridad: "Ay, hijo, llegas hecho un tomate. Aquí tienes, tu papá mandó los 4.000. Los cambié en pesos, son billetes de mil, como siempre."
Cristian metió el sobre en el bolsillo de atrás y bebió el agua de un solo trago. Se quedó un rato con ellos, escuchando a Caridad hablar del jardín y a Rolando quejarse de la presión arterial. No se quedó mucho tiempo; sabía que si llegaba tarde, Felipe se quejaría con Yadira, y eso significaba otra pelea silenciosa en la cocina.
De vuelta, el viento de la tarde le refrescaba la cara. Llegó al pueblo cuando el sol se estaba poniendo. Dejó la bicicleta en el corral y fue a buscar a Felipe. El padrastro estaba enganchando el carretón, listo para llevar las tablas a la carpintería.
Felipe: "Justo a tiempo. Toma, carga estas tablas. Si hacemos dos viajes, terminamos antes de que caiga la noche. Te doy 500 pesos por la ayuda, porque es un viaje medio corto."
Cristian no dijo nada. Se puso a cargar las tablas con Felipe. No eran pesadas, pero el olor a madera y el polvo se le metían en la nariz. Mientras trabajaban, el silencio no era tenso; era un silencio de complicidad. Felipe ya no lo trataba como a un extraño. Lo trataba como a su ayudante.
Terminaron los dos viajes. El sol ya se había ido, y las luces de las casas empezaban a encenderse. Felipe metió la mano en el bolsillo y le dio un billete de 500 pesos a Cristian.
Felipe: "Toma. Para tus gastos. Y no me vengas con que el dinero de tu papá es mejor, porque este es el mismo billete que el de él, solo que este te lo ganaste en la tierra, no en un teléfono."
Cristian tomó el billete. No dijo "gracias", pero asintió con la cabeza.
Esa noche, la cena fue tranquila. Yadira había hecho un poco de arroz moro con un huevo frito para cada uno. Cristiano, sentado en su banqueta, jugaba con una cuchara de madera y miraba a su hermano con admiración.
Después de cenar, Cristian subió a la azotea. Las palomas estaban tranquilas. Se sentó en el borde y miró el cielo estrellado. En su bolsillo trasero, llevaba los 4.000 pesos de Mario. En el delantero, los 500 que le había dado Felipe.
Era una suma pequeña. No alcanzaba ni para un pomo de aceite y un saco de carbón. Pero era suya. No era el dinero de un padre que lo compraba; era el dinero que él mismo había sudado en el carretón, y eso pesaba más que cualquier billete verde.
Abajo, en su cuarto, el teléfono vibraba. Era Mario, llamando para preguntarle si ya había ido a buscar su semanita. Cristian no bajó a contestar. Dejó que el teléfono sonara hasta que se apagó solo.
A la mañana siguiente, Cristian se levantó temprano. No tenía clases hasta el mediodía. Se sentó a la mesa de la cocina y, mientras Yadira preparaba el café, le dijo:
Cristian: "Mamá, hoy, cuando termine el pre, quiero ir a la biblioteca del pueblo. Dicen que Melisa estudia allí por las tardes."
Yadira lo miró, sorprendida. Luego, sonrió.
Yadira: "¿Melisa? ¿La que quiere ser médica?"
Cristian: "Sí, esa."
Yadira: "¿Y qué vas a hacer en la biblioteca, si a ti te gusta más el reggaetón que los libros?"
Cristian se encogió de hombros, pero esbozó una sonrisa pícara.
Cristian: "No sé. A lo mejor aprendo algo."
Yadira no insistió. Pero mientras servía el café, supo que su hijo estaba creciendo, y que, aunque el dinero de Miami llegaba cada sábado y el carretón lo esperaba en el corral, había algo más que empezaba a nacer en el pecho de Cristian: la capacidad de elegir su propio camino.
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