Lectura

Mi Malú

Por Grace Anastasia · Chile · Realismo

Mi Malú
Era 17 de septiembre de 2020. El sur de Chile estaba vestido de verde, con esos árboles inmensos que parecen guardar secretos y caminos de tierra que se pierden en el horizonte. Habíamos ido a pasar unos días al campo de la familia de mi pololo, sin imaginar que ese viaje cambiaría mi vida para siempre.
Aquella tarde salimos a recorrer los alrededores en auto. Avanzamos por un callejón largo y silencioso, rodeado de árboles y maleza. Al final se veía una antigua granja, desgastada por el tiempo, casi abandonada. Detuvimos el auto, bajamos a sacar fotografías y disfrutamos del paisaje.
Entonces la vi.
Desde el fondo del camino aparecía una pequeña figura que avanzaba tambaleándose. A la distancia pensé que era un gatito. Era tan pequeña, tan frágil, que apenas podía distinguirse entre el verde del campo. Pero mientras se acercaba, descubrimos que era una perrita. Una bebé.
Venía sola.
Su cuerpo era apenas piel y huesos. Estaba extremadamente desnutrida y su pelaje mostraba las huellas del abandono. No tuve que pensarlo. Sentí cómo se me rompía el corazón. Lloré, lloré mucho. Y en ese instante supe que no podía dejarla ahí.
La tomé entre mis brazos y, sin saberlo, ella también me rescató a mí.
La llevamos a casa, le dimos comida y abrigo. Era tan pequeña que parecía hecha de miedo y esperanza a la vez. Después vino otro desafío: llevarla conmigo a Santiago. Muchos buses no aceptaban mascotas, aunque fuera un cachorro diminuto. Pero yo estaba decidida. Porque aunque alguna vez dije que la daría en adopción, en el fondo de mi corazón ya sabía la verdad: Malú era mi familia.
No fue fácil.
En la casa de mi mamá no podía tener perros; el dueño no lo permitía. En la casa de mi pololo tampoco estaban muy de acuerdo. Así que anduve de un lado a otro, buscando un lugar donde ambas pudiéramos estar. Hasta que tomé una decisión importante: si era necesario, viviría sola para poder darle un hogar.
Porque ella ya había encontrado el suyo en mí.
Los primeros meses fueron difíciles. Malú tenía alergias severas en su piel. Hubo exámenes, vacunas, medicamentos y mucha preocupación. También necesitaba subir de peso; su cuerpo había sufrido demasiado antes de que nuestros caminos se cruzaran.
Pero ella era una luchadora.
Poco a poco comenzó a sanar. Recuperó fuerzas, alegría y confianza. Creció hasta convertirse en una hermosa perrita color café, de mirada dulce y espíritu noble.
Años después, viajamos con ella a Algarrobo. Allí conocimos a un hombre que criaba podencos y apenas la vio nos dijo:
—Tu perrita es una podenca.
Nos propuso cruzarla con uno de sus perros para tener cachorros. Pero Malú ya estaba esterilizada. Y aunque no lo hubiera estado, jamás habría querido que otros perros heredaran las dificultades que ella tuvo que enfrentar. Algunos dolores no merecen repetirse.
Hoy mi Malú vive feliz.
Corre, juega, duerme tranquila y se roba el corazón de todos quienes la conocen. A veces la miro y me cuesta creer que aquella pequeña criatura que apareció tambaleándose al final de un camino de tierra sea la misma perrita que ahora llena mi vida de alegría.
Dicen que uno salva a los animales.
Pero hay encuentros tan profundos que es imposible saber quién salvó a quién.

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Comentarios

Rey Neira Bustamante Admin

Hermoso relato refleja fielmente tu hermoso corazon, te felicito...
Siga escribiendo que tiene pluma...

Alex

Hermoso