Hay un instante en que la memoria comienza a cerrar sus ventanas. No sucede de golpe. Primero desaparecen los nombres, luego las fechas, más tarde los rostros. Lo último que abandona el corazón son las emociones.
Mi abuela solía preguntarme quién era. Yo respondía con una sonrisa, aunque por dentro se desmoronara el mundo. Cinco minutos después volvía a hacer la misma pregunta, como si el tiempo hubiera borrado el puente entre un instante y otro.
Comprendí entonces que la memoria no es solo un archivo de recuerdos. Es el hilo que cose nuestra identidad. Cuando ese hilo se rompe, la persona continúa respirando, caminando, sonriendo a veces... pero comienza a habitar un territorio donde el pasado ya no tiene nombre.
Sin embargo, descubrí algo que ninguna enfermedad logra arrancar del todo: el cariño.
Cada vez que tomaba su mano, ella sonreía sin saber por qué. Cada abrazo despertaba una paz que no necesitaba explicaciones. Aunque su mente olvidara mi rostro, su corazón aún reconocía el lenguaje del amor.
Quizá la memoria se olvide de nosotros. Quizá el tiempo borre nuestras huellas. Pero mientras exista un gesto capaz de despertar ternura, una caricia que calme el miedo o una voz que transmita paz, seguiremos viviendo en ese lugar donde el olvido nunca consigue entrar.
Porque hay recuerdos que desaparecen de la mente... y otros que el alma conserva para siempre.
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Comentarios
La fragilidad y la fortaleza humana:** El texto nos muestra la vulnerabilidad extrema del olvido, pero inmediatamente la equilibra con la fuerza invencible de la ternura. Es un recordatorio de que, incluso en el momento de mayor pérdida, la conexión humana es un refugio que permanece intacto. Gracias por leerme, saludos!
Puede ser que al envejecer volvemos a vivir solo instantes.