Esta es la historia...
Hace ya muchos años, cuando yo bordeaba los diecisiete, los fines de semana tenían un destino fijo: la casa de Eliana. Ella era una muy querida amiga que en ese tiempo pololeaba con un compañero de mi grupo. Su madre nos abría las puertas sin objeciones, convirtiendo aquel hogar en el epicentro de nuestras fiestas de juventud.
En esa casa reinaba una cálida presencia femenina. Salvo por un hermano de Eliana, la dinámica diaria la sostenían hermanas, primas, tías y sobrinas. Varias de ellas trabajaban durante la semana como empleadas en casas particulares del sector oriente. Al llegar el viernes por la noche, regresaban al barrio trayendo consigo a otras muchachas que, por venir de provincias lejanas, no tenían a dónde ir durante sus días libres. En la casa de Eliana siempre había un plato de comida, una melodía en la radio y un lugar en la fiesta para cada una de ellas. por lo general se reunían entre ocho y diez mujeres todos los findes...
Un fin de semana cualquiera, una de las chicas llegó acompañada de una amiga. Bastó que cruzara el umbral para que algo se detuviera dentro de mí. Quedé enamorado al instante. Tenía una gracia distinta, un aire educado en sus gestos y en su forma de hablar que la hacía sobresalir entre la algarabía general, por el hecho de ser mayor que yo. Mi timidez me paralizó por completo; era incapaz de articular dos frases seguidas frente a ella. Para colmo, en una de sus charlas la escuché comentar que mantenía una relación con el hijo de los dueños de la casa donde trabajaba. Aquello me pareció un abismo insalvable.
Durante casi un mes -cuatro fines de semana inolvidables- ella volvió a ir. Yo pasaba los días contando las horas para que llegara el viernes y pudiera volver a verla. En cada reunión, mi único propósito era contemplarla a la distancia, alimentando un amor en silencio que se hacía cada vez más profundo.
El lavaplatos de la cocina daba justo a un costado del marco de la puerta. Desde el sillón del living donde me instalaba a mirarla, yo tenía una vista privilegiada. De tanto en tanto, mientras lavaba la loza, ella asomaba la cabeza hacia el pasillo, me descubría observándola, me regalaba una sonrisa dulce y volvía a sus ocupaciones. Cada uno de sus gestos me provocaba un vuelco en el corazón.
Fue en uno de esos encuentros, hacia el final del mes, cuando la radio del living empezó a tocar "Hasta mañana", de ABBA. Ella volvió a asomar la mirada, me buscó fijamente con los ojos y, con un gesto de los labios y las manos, me indicó que esa canción me la dedicaba a mí.
Sentí un remezón interno, una mezcla de euforia y urgencia. Todo mi ser quería ponerse de pie, correr hacia la cocina, abrazarla y confesarle este amor guardado. Sin embargo, la inexperiencia y la timidez de mis diecisiete años me dejaron clavado en el asiento.
La noche cayó y ella se fue. Pasé la semana siguiente en una dulce agonía, esperando con ansias el próximo fin de semana para encontrarnos de nuevo.
Pero no regresó. El fin de semana posterior tampoco, ni el siguiente. Nunca más volvió a cruzar esa puerta. Se esfumó de la misma forma en que había llegado, dejándome grabado para siempre el eco de aquella canción y el recuerdo de una sonrisa de la que hoy, tras el paso del tiempo, ni siquiera conservo un nombre.
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