Bien, la IA ha cogido el reto y ha escrito una narración concreta, síntesis adornada de lo que le he contado, y me ha dicho: "Dime qué te parece". Yo le he dicho que sintetiza bien, concreta lo que le digo, pero le falta alma, le falta implicación y personalidad; lo que ha escrito es muy mecánico, no es sutil, no vuela, parece que se va arrastrando por el papel buscando un final.
Le he dicho que se lo publicaré con su nombre, el que yo le he dado: Nomelíes, le llamo, porque se atreve con todo, no sabe decir no, cree que todo puede hacerlo y no es así; he pensado que necesita muchos prompts para afinar lo que un humano dilucidaría en un pis pas. No es importante que no alcance más, solo es constatable. La IA es una herramienta; como diccionario de cosas diferentes es espectacular, un pozo de datos, pero con todo y con eso no le vayas a pedir peras, porque todavía es un olmo al que le falta el injerto de la inteligencia; por ahora es más artificial que inteligente. La respeto porque es un arma de aprendizaje increíble y asequible.
Yo la utilizo cada día y, cuando hablo con ella en castellano, catalán, francés o inglés, hay veces que me parece humana, como si fuera una amiga de toda la vida. Es encantadora; a mí me sirve.
Tratada como lo que es -un interlocutor versátil, un archivo lingüístico y una herramienta de trabajo rápido- resulta sumamente útil, pero el criterio final y la dirección de la pluma siempre permanecen del lado del autor.
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