El aire denso de la tarde cargado con el olor dulzón de los mangos maduros, parecía presagiar el pesar que a menudo se cierne sobre los hospitales. No era la algarabía de los niños naciendo ni el alivio silencioso de un diagnóstico favorable lo que marcaba el pulso de aquel lugar, sino más bien la cadencia lenta y dolorosa de las vidas desahuciadas, los "casos sociales" que llegaban como barcos fantasma a la deriva.
El Dr. Pedro Vicente Lizardo, médico de vocación, ya no sentía aquel golpe seco en el pecho ante la etiqueta fría e impersonal. La costumbre, esa anestesia del alma, había logrado internar su sensibilidad, pero aún quedaban resquicios por donde se filtraba el escalofrío de la injusticia.
Recordaba nítidamente la llegada de Esteban, un espectro rescatado de las fauces de la calle hacía casi tres años. Los bomberos, héroes anónimos de una ciudad que a menudo olvidaba sus propios cimientos, lo habían encontrado como un guiñapo humano, con la vida apenas pendiendo de un hilo. La deshidratación lo había marchitado como una flor reseca, la desorientación dominaba su mente y la inmundicia era como un musgo pegajoso que hablaba de soledad y abandono. Su aliento era un cultivo nauseabundo de bacterias, un pequeño mundo de desidia y dolor.
En la sala de emergencias, el ritual se repetía: la asistencia mecánica, el diagnóstico sombrío, el agua tibia lavando la mugre de quién sabe cuántos inviernos, la cuchara acercando el sustento escaso, las pocas medicinas como migajas de esperanza. Se interpusieron en el camino que Esteban transitaba hasta ahora, ofreciéndole un breve respiro. A las tres semanas, vestido con pijamas raídas que olían a lejía y olvido, Esteban se irguió precariamente sobre sus piernas flacas.
Pero la pregunta que flotaba en el aire denso de la sala era un eco silencioso: ¿quién era este hombre? Nadie vino a verlo. Ninguna voz familiar rompió el silencio espeso que lo envolvía. Nadie preguntó por el ser humano detrás del "caso social". Era una isla de soledad en un océano de indiferencia, un punto en el vacío, tan solo como el propio Pedro Vicente cuando subía las escaleras al cuarto piso de su segunda casa, pero sin la tenue luz de la esperanza esperándolo.
El hospital se convirtió en su último puerto, un anclaje forzoso en la deriva. De la sala de observación, donde el trajín mitigaba en algo su invisibilidad, fue relegado a un cuarto de "faena", una metáfora cruel de su existencia: un rincón donde se lavaban los trapos sucios y se guardaban los instrumentos olvidados.
Trabajo Social, con la tenacidad de quien lucha contra molinos de viento, intentó ubicarlo en una institución. Pero en un país donde la desidia hacia sus propios ancianos y niños abandonados era una llaga purulenta, tales instituciones eran espejismos en el desierto de la indolencia.
Y así, Esteban permanecía. No era una molestia; su presencia se había diluido en la rutina hospitalaria hasta volverse casi etérea. Se acostaba de lado en la cama vetusta que le había tocado en suerte, sus ojos aguados fijos en un punto invisible, con el tiempo detenido en sus pupilas grises.
Una madrugada en que la humedad de la noche se había colado por la ventana del cuarto de Pedro Vicente, despertándolo con una punzada de melancolía, encontró a Esteban de pie, tembloroso y casi desnudo, las costillas se le marcaban bajo la piel arrugada. Una mueca de llanto silencioso surcaba sus mejillas demacradas. Pedro Vicente se acercó con la cautela de quien se aproxima a un animal herido, y entonces, la voz quebrada de Esteban, con un sonido áspero y olvidado, rompió el silencio:
-¿Hasta cuándo?... ¿Hasta dónde?...
La pregunta, lanzada al aire como una plegaria desesperada, lo desarmó. ¿Qué podía responderle? ¿Cómo explicar la indiferencia, la falta de un lugar en el mundo para un hombre al que la vida había despojado de todo, incluso de su propia historia?
A esa hora, las tres de la mañana, bajo el chorro tibio de la regadera, Pedro Vicente, el médico curtido en mil batallas contra la enfermedad y la muerte, permitió que las lágrimas se mezclaran con el agua, como un último refugio de la impotencia y la vergüenza de no tener respuestas para la pregunta muda en los ojos aguados de Esteban. La humedad de su propio llanto se unió a la humedad persistente de la madrugada, un lamento silencioso por el ser humano abandonado, por la grieta profunda en el alma de una sociedad que prefería mirar hacia otro lado.
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