Quizá el pastor te vea, pero eres tan terca que prefiere hacerse el desentendido ante tu presencia. Ya no quiere pastorearte. Y ni hablar de las otras ovejas: no solo saben que estás allí, te señalan y te culpan de todos sus males. Es la historia de nunca acabar. Por eso Jesucristo dijo en la cruz: "Padre, si es posible, aparta de mí esta copa", porque no se siente bien ser la oveja que decide descarriarse en busca de la verdad.
Pero el plan ya está hecho y tiene que cumplirse. Valentía, resiliencia, fortaleza: palabras mágicas que te permitirán darle vuelta a las pesadas piedras del camino y, a veces, con suerte, podrás saltarte algunos abrojos.
Yo también me había creído ese popular dicho: "El que lucha por la verdad muere crucificado", pero hoy revelo el velo de su falsedad.
Vivir bajo este dicho popular es ser rehén de la mentira y de las presiones del colectivo; lo que es lo mismo, del miedo. Y vivir bajo el miedo hace que nuestro chakra de la garganta se aglutine y se cierre, y perdamos la esencia de nuestra verdadera voz. Y en nuestro verbo está Dios. Sería algo así como perder la gracia divina, que, por cierto, si no lo has descubierto, dicha gracia divina no se consigue en las iglesias, al menos no en las construidas por el hombre.
Hay un templo que puede ser derribado y vuelto a levantar con plegaria y meditación interna. Te lo digo por experiencia, que he tenido que levantar desde el subsuelo, muchas veces, mi templo, mi amado templo. Conquistar ese templo no es tan fácil como dar propinas ni ayudar al prójimo; requiere más esfuerzo, pero vale la pena.
De momento, si te interesa la espiritualidad y conquistar el templo, puedes permanecer en silencio y sentir cómo cada chakra de tu cuerpo se va iluminando. Es realmente sagrado y, por esto y otros motivos mágicos, vale la pena ir tras la verdad.
Por eso hoy te cuento la verdadera historia detrás de la proclama:
¡Liberen a Barrabás!
Entonces, un tal Pilato preguntó:
¿A quién liberamos: a Cristo o a Barrabás?
¡A Barrabás! -se escuchó el ordinario murmullo entre tanta gente.
Entonces el tal Pilato, por ponerle un nombre, volvió a preguntar:
¿A quién liberamos: a Cristo o a Barrabás?
¡A Barrabás! -se escuchó de nuevo el eco tosco de la multitud.
Y ahí estaba mi alma vieja y rebelde, narradora protagonista de esta historia, gritando:
¡Liberen a Cristo!
¡Liberen a Cristo!
Pero era un murmullo agudo, proveniente de pocas almas rebeldes.
Entonces liberaron a Barrabás y, con la liberación de Barrabás, también liberaron las creencias limitantes, como aquella con la que inicié este relato:
"El que lucha por la verdad muere crucificado".
O esta otra:
"La voz del pueblo es la voz de Dios".
Esta última creencia, la más peligrosa. Conocí un dictador que se perpetuó por años en el poder bajo este lema cruel, que te hace seguir al rebaño. Curiosamente, esto pasó en un país cuyo libertador, en su Discurso de Angostura, dijo:
"Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder".
(Simón Bolívar)
Pero el dictador, como todos los dictadores, disfraza su autocracia bajo la voz del pueblo, que termina asumiendo lo que a ellos más les conviene.
Volvamos a la historia de Barrabás, que es una de esas tantas historias en donde, contrariamente a lo que se espera, elegimos al peor creyendo que actuamos justamente.
Yo tomo mi cruz -se dijo la narradora protagonista de esta historia, mi alma rebelde.
Y seguía gritando con ímpetu:
¡Liberen a Cristo!
Un soldado, no recuerdo ya si era romano. La nacionalidad no importa; los opresores no tienen nacionalidad.
Me escuchó gritar en favor de Cristo y representé un verdadero desafío y una amenaza para él, así que me dio la cruz que tanto pedía.
Rebelde como es esta alma vieja mía, dijo:
¡Crucifíquenme!
El camino y sus estaciones serán difíciles, pero no pagaré el alto precio de perder mi alma.
¡Crucifíquenme!
Volvió a decir, con una soberbia que no era de este mundo ni de ninguno, porque se parecía más a la dignidad.
Entonces la voz del pueblo, que no es la voz de Dios, tuvo un nuevo candidato para sacrificar.
Fueron por la exquisita cruz. Se aseguraron de que los clavos entraran con precisión en las manos, los pies y otras extremidades. Verificaron que el cuerpo quedara inmóvil en la cruz. La alzaron y la colocaron justo al lado de la cruz de Cristo.
Ya arriba, ambas almas, la mía, narradora protagonista, y la de Cristo, se encontraron. Ambos volteamos el rostro y nos reconocimos, así que le supliqué:
¡Quiero liberar mi alma, saber quién soy y cuál es mi propósito!
Cristo me dijo:
Te aseguro que hoy mismo estarás conmigo en el reino de los cielos.
Pero soy un ladrón -respondió mi alma.
No importa -dijo Cristo-. Para ir a mi mundo, debes comprometerte a dejar de ser ladrón.
Y le dio tres mandamientos a cumplir. El último es el más valioso de todos:
Deja de robarle a tu alma enjuiciando a los demás.
Deja de robarle a tu alma criticando y hablando mal de los demás.
Deja de robarle a tu alma creyendo en la voz del pueblo.
Entonces el ladrón se aferró a su cruz y buscó su propia voz. Fue en busca de su propio ser. El camino era rugoso, lleno de piedras y empinado, pero cada día avanzaba. Incluso en aquellos días donde el cansancio y la falta de fe le ganaban, también avanzaba.
Nunca se rindió y practicó aquellos mandamientos. Cuando veía algo que consideraba molesto en los demás y sentía la tentación de hablar mal, se internaba en su mundo, y ahí estaba la verdad.
Siempre se trataba de trabajar en su alma.
Nada está afuera.
Trabajo constante.
Trabajo interno.
Lejos de la colectividad.
Lejos del rebaño.
Quiero mi cruz.
Quiero mi Cristo.
Quiero mi verdad.
Detrás de la dura verdad está mi alma liberada.
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Comentarios
Muchas gracias por tomarse el tiempo de comentar. Saludos desde Chile
¡Muy bueno! Gracias por compartirlo. Saludos desde Venezuela.