Lectura

*La tortuga*

Por José-Blas Molés Miró · España · Historia real

Las botellas de licores y vinos que habitan nuestras casas viven en la incertidumbre de no saber ni el día ni la hora en la que fenecerán y pasará su líquido elemento a nuestras venas. Llegaron a nuestras vidas fruto de una lectura enaltecedora de caldos espirituosos, o después de ver una película o una serie americana en la que, cada dos por tres, se están poniendo lo que ellos llaman una copa. Si yo fuera capaz de beber en esas cantidades, me pasaría el día borracho.
Yo suelo beber en el almuerzo una caña de cerveza -y aún me sobra la mitad-, un café y un chupito de ron. Esa es la ingesta total diaria, que bien podría no ser y no probar el alcohol en absoluto; pero tengo la sensación de que me prueba, de que me sienta bien. Al cuerpo y sus circunstancias lo vas descubriendo durante toda la vida y lo llevas alimentando y deportivizando de forma que las medidas estándar que te dice el médico que son buenas, y que aparecen en tus analíticas, sean correctas para que puedas morir de viejo en la cama, sin dar la paliza a nadie ni hacer gastos innecesarios en medicación cara que solo te va a alargar unos meses la vida.

Vida que yo he estado magnificando, apoyado en muestras estadísticas, y mi meta es la consecución de 1000 meses, que dicho así parece poco. Si tienes buena salud, efectivamente puede ser poco; pero con la salud mala es una barbaridad: son 83,33 años.

En Costa de Marfil estuvimos en una residencia de verano que había sido el cuartel general de los rebeldes contra la ocupación francesa. Estaba medio derruido y allí había unas tortugas de enormes dimensiones. Una de ellas, Babaria se llamaba, dicen que tenía 160 años. Estuve un rato mirando cómo comía zanahorias y repollo. Le pregunté en voz queda qué tal le había ido la vida; me miró a los ojos, después miró su pata a la que le faltaban dos dedos, me volvió a mirar y de su ojo salió una lágrima grande que recogí en una cajita de Juanolas. Eso hace años. Tengo la cajita en la que ya no queda lágrima, pero no la he tirado porque creo que allí traje parte del alma de Babaria, por si se me pega su longevidad y puedo ver en 2061 el cometa Halley, que ya vi en 1986 y que asocio al amor esporádico y no correspondido, como canta Billie Eilish magistralmente.

Ahora he puesto esa canción mientras acabo de escribir este relato y a la vez se va acabando la tinta del Bic, que me sigue fiel o le sigo fiel: no sé decir qué es más cierto.

"I was good at feeling nothing", dice Billie. Es mucha renuncia para ser tan joven...

B.M.

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