Ayer me enteré de que falleció hace un mes una mujer muy especial para mí. Muchos la conocían como clarividente. Yo la conocí como alguien que apareció en uno de los momentos más difíciles de mi vida y me enseñó algo que todavía hoy me sostiene.
Me enseñó a detenerme.
A respirar.
A meditar.
Cuando el dolor crónico comenzó a instalarse en mi vida, mi cuerpo vivía en un estado de alerta permanente. No existía el descanso verdadero. Mi mente estaba siempre anticipando la siguiente crisis, el siguiente dolor, el siguiente miedo. Había perdido la capacidad de sentir calma, porque mi sistema nervioso ya no sabía reconocerla.
Fue entonces cuando ella me habló de la meditación y me enseñó a repetir un mantra que, hasta el día de hoy, sigue acompañándome:
Nam Myoho Renge Kyo.
Al principio no entendía su significado. Lo repetía casi como quien se aferra a una cuerda en medio de una tormenta. Solo sabía que, durante esos minutos, algo dentro de mí comenzaba a bajar el volumen. Mi respiración se hacía más lenta. Mi cuerpo dejaba de luchar por un instante. El dolor seguía ahí, pero ya no ocupaba todo el espacio.
Con el tiempo quise comprender qué era exactamente aquello que pronunciaba cada día.
Descubrí que Nam Myoho Renge Kyo es un mantra del budismo de Nichiren y que suele traducirse como "Devoción a la Ley Mística del Loto" o "Me entrego a la maravillosa ley que rige la vida". Más allá de una traducción literal, su enseñanza habla de algo profundamente humano: la capacidad de transformar el sufrimiento en crecimiento y de descubrir fortaleza incluso en las circunstancias más difíciles.
Lo que más me conmovió fue comprender el simbolismo del loto.
La flor de loto nace en aguas turbias, hunde sus raíces en el barro y, aun así, emerge limpia, intacta y luminosa sobre la superficie. No necesita que desaparezca el barro para florecer. Florece precisamente desde él.
Esa imagen se quedó conmigoo
Porque entendí que quienes vivimos con dolor crónico muchas veces esperamos que el sufrimiento desaparezca para volver a vivir.
Esperamos el día en que todo pase para recién permitirnos sentir paz.
Pero la vida no siempre funciona así.
Hay enfermedades que no desaparecen.
Hay dolores que permanecen.
Hay cuerpos que cambian para siempre.
Y, aun así, seguimos teniendo la posibilidad de construir una vida con sentido.
Eso fue lo que este mantra comenzó a significar para mí.
No una promesa de curación.
No una solución mágica.
No la idea de que, si meditaba lo suficiente, el dolor desaparecería.
Fue algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo.
Fue un recordatorio de que siempre podía volver a mí.
Que incluso en medio del caos existía un espacio de silencio donde el dolor no era el único protagonista.
Que mi respiración seguía ahí.
Que mi mente también necesitaba ser cuidada.
Con los años comprendí que la meditación no consiste en dejar la mente en blanco. Consiste en observar lo que sentimos sin pelearnos con ello. En permitir que los pensamientos pasen sin convertirnos en cada uno de ellos. En ofrecerle al sistema nervioso unos minutos donde no todo sea supervivencia.
En mi camino, la terapia psicológica fue fundamental. La rehabilitación también. La medicina ha sido indispensable. Nunca he pensado que una práctica sustituya a la otra. Todo lo contrario. Aprendí que el verdadero cuidado ocurre cuando entendemos que somos un todo: cuerpo, mente y emociones. La meditación se convirtió en una parte más de ese proceso, en un pequeño refugio al que todavía regreso cuando el dolor intenta ocuparlo todo.
Ayer, cuando supe que ella ya no estaba, sentí una tristeza profunda.
Pero también sentí gratitud.
Hay personas que dejan libros.
Otras dejan grandes discursos.
Ella me dejó una práctica silenciosa que todavía vive en mis días más difíciles.
No sé cuántas veces he repetido Nam Myoho Renge Kyo desde que la conocí. Perdí la cuenta hace mucho. Lo que sí sé es que, en más de una noche en que el dolor parecía no dar tregua, esas palabras me ayudaron a recordar algo que hoy también intento transmitir a quienes viven con dolor crónico:
Siempre podemos encontrar un lugar donde volver a respirar.
Hoy escribo estas líneas para agradecerle.
Porque, sin proponérselo, me enseñó que la calma no siempre llega cuando el dolor desaparece. A veces llega cuando dejamos de luchar contra él por un momento y simplemente nos permitimos respirar.
Gracias por haber aparecido en mi vida.
Gracias por enseñarme una forma distinta de habitar el silencio.
Y gracias por recordarme que, incluso cuando el barro parece infinito, la posibilidad de florecer sigue existiendo.
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