Lectura

El despenador

Por Prof. José Núñez · Venezuela · Misterio

El despenador
El despenador (Por el Prof. José Núñez)

El sol en el páramo andino no calienta; solo encandila, como si la luz fuera una garúa que se te mete en los ojos. En esa inmensidad de tierra árida y aire delgado, el tiempo parece haberse quedado aprisionado entre los cardones. Allí vivía mi abuelo, don Atilio. Llevaba tres días luchando contra una "pena" que se le había pegado a los pulmones, una agonía larga que no lo dejaba irse, pero que ya no lo dejaba existir.

-Chuo -me dijo mi padre con la voz quebrada por el frío de la madrugada-, ve a buscarlo. Ya sabés dónde. En el puesto del filo, pasando el cementerio de las nubes.

Yo sabía a quién se refería. En el páramo, cuando la medicina de los doctores de ciudad se rinde y los rezos a la Virgencita no alcanzan, se llama al que habita en el silencio. El despenador vive solo en una cueva de piedra porque carga con el peso de los suspiros ajenos, y el monte lo protege. Él hace el trabajo que nadie más se atreve a nombrar.

A prisa subo el cerro, sintiendo que el aire se me escapa de los bronquios. Cada paso hacia el filo era un pecado que me pesaba en los tobillos, sintiendo que el frío del páramo me juzgaba por ir a buscar la muerte. Me preguntaba si el abuelo, en su delirio, me perdonaría por traerle al hombre que corta el aliento en lugar de la medicina que ya no curaba. Miraba mis manos, jóvenes y torpes, temiendo que al tocar a Zenón se me pegara ese silencio eterno que carga en el poncho. Caminaba rápido para no pensar, pero el viento me siseaba que la piedad, a veces, tiene forma de sombra y manos curtidas. Al final, solo deseaba que el cielo estuviera lo suficientemente oscuro para que ni los ángeles vieran lo que estábamos por hacer.

Al llegar al puesto, lo ví. El viejo Zenón era una sombra envuelta en un poncho de lana, con la piel surcada como el cauce de un río seco. No hubo saludos ni preguntas. Él sabía a qué venía. Caminamos de regreso bajo un cielo negrísimo que parecía otra tierra volcada sobre nuestras cabezas.

Al entrar en el rancho de adobe, el ambiente estaba denso. Mi madre ya había retirado el crucifijo de la pared y escondido las estampitas de los santos. Por aquí, en estos lugares, se cree que Dios no debe ver el acto de misericordia más grande: el golpe de gracia para el que sufre.

Don Zenón se acercó donde estaba el abuelo. Sus manos, que parecían raíces curtidas por el frío de la montaña, se movieron con una parsimonia que daba escalofríos. No hubo violencia. Fue un "abrazo certero". Zenón rodeó el pecho del abuelo con una fuerza que no era de este mundo, presionando con su rodilla flaca pero firme, buscando el lugar donde la vida se aferra tercamente al cuerpo.

-Suelta el aliento, Atilio -susurró el despenador-, que la muerte no se contagie por la boca. Dejá que el aire vuelva al cerro.
Escuché un último crujido, suave como el de una rama seca que se quiebra al pisarla. El abuelo suspiró, pero no fue un suspiro de dolor, sino de alivio. La pena que lo asfixiaba se elevó, escapando por las rendijas del techo de paja. Don Zenón se soltó, se acomodó el sombrero y, sin cobrar un solo peso porque su oficio se paga con caridad o silencio, salió al aire libre masticando un trozo de tabaco.

Lo vi perderse en el monte, allá donde las sombras tienen ojos y los inviernos son helados. Se marchó a su soledad, a esa cueva donde la muerte conversa con la vida como viejos conocidos, dejándonos a nosotros el consuelo de un entierro en paz y a mi abuelo el descanso que tanto le costaba llegar.

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