Lectura

*El paraguas del pueblo*

Por José-Blas Molés Miró · España · Otros

Las cinco primeras semanas del invierno venían como despreocupadas, sin creerse que ya hacía frío, porque la verdad es que no hacía frío. Nadie era capaz de olvidar el calor, el agobio de respirar aire cálido y pesado, el tener que acercarte hielo a la nariz para respirar, huir del sol, observar la rapidez con que maduran las frutas y las verduras.
En esta tierra la lluvia no sabe llover: nos olvida durante 100 días y nos anega en tres. En Londres, donde la lluvia es más cotidiana, los que íbamos al trabajo o de acá para allá usábamos paraguas en el sentido de paraguas del pueblo; muchas veces lo olvidabas en un pub o en la estación y cogías otro que, a su vez, dejabas en otro sitio para otro usuario.

Hoy he ido al ayuntamiento a hacer una gestión. Como llovía bastante, llevaba paraguas y lo he dejado en el paragüero de la entrada; tres minutos después, el paraguas había desaparecido. En su lugar había uno de mujer, roto. Si hubiera indagado, hubiera sabido quién se lo llevó, pero no ha merecido la pena; no quiero culpar a nadie, aunque solo eran dos personas, pero me he tenido que mojar por su culpa. Eso no se hace. A pesar de que el paraguas no era de calidad, era el que llevo usando desde hace más de 15 años; ya casi le tenía cariño.

Lo importante aquí es la falta de práctica de la lluvia. No sé si en el Olimpo darán clases de saber estar para las inclemencias del tiempo, aunque creo que Zeus no está por la labor y a Thor no le conozco lo suficiente para preguntarle; no tengo su teléfono, aunque sí tengo el de Odín, su padre. Voy a hacer una llamada para ver si hay suerte con la gestión.

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