Creado por Eihir
El sol de julio se estrellaba contra Adventureland, rebotando en los rieles de las montañas rusas y en los espejos de la casa de la risa. El aire vibraba con el olor dulzón de las palomitas rancias, el sudor y el azúcar quemada: el aroma oficial de la felicidad fugaz. Matilda, de nueve años, caminaba unos pasos detrás de sus padres, que discutían por el mapa del parque. Su coleta tirante le raspaba la nuca, y el asfalto caliente parecía latir bajo sus zapatillas. -Mira, solo te digo que deberíamos ir a la nueva Montaña Rusa del Dragón. Ya pagamos la entrada premium -dijo su padre, señalando un mapa arrugado con un dedo sudoroso.
-Y yo te digo que la fila es de dos horas. Y Matilda quería el Carrusel de los
Unicornios, ¿recuerdas? -replicó su madre, con ese tono de voz que indicaba que la discusión ya estaba terminada.
Matilda suspiró. Odiaba el carrusel. Lo que quería era seguir aquel globo azul que flotaba a lo lejos, un punto brillante que parecía tener luz propia. No sabía por qué, pero no podía dejar de mirarlo. El globo se elevó sobre la multitud, cruzando los tejados de colores. Por un instante, el reflejo del sol en su superficie fue tan intenso que le hizo entrecerrar los ojos. Cuando volvió a mirar, el globo seguía ascendiendo, girando hacia la zona más antigua del
parque, donde las atracciones eran de madera y el suelo crujía.
Matilda dio un paso. Luego otro. La discusión de sus padres se volvió un murmullo lejano, un zumbido que se mezclaba con la música de feria. Nadie notó cómo la niña se escabullía entre los cuerpos, atraída por esa esfera azul que parecía llamarla.
Cuando se giró, ya no los vio. Ni el sombrero de su padre ni el moño rubio de su madre. Solo una marea de piernas y carritos de bebé. Estaba sola.
Sintió el pánico abrirse paso por su pecho. Pero Matilda no era una niña que llorara fácilmente. Recordó las palabras de su abuelo, un sargento retirado que había muerto el año anterior:
Busca un punto alto. Un uniforme. Vuelve al último lugar donde los viste.
Respiró hondo y dio media vuelta, pero entonces el aire cambió.
El sol seguía brillando, pero el calor se había ido. Un frío espeso, grasiento, se
deslizó entre la multitud. Matilda se frotó los brazos, creyendo que era aire
acondicionado de alguna tienda cercana. Pero no, venía de la sombra.
Y de esa sombra surgió un gruñido.
No era el de una máquina ni el de un altavoz. Era un sonido profundo, antiguo, que parecía salir de la tierra misma. Venía del rincón donde la pared de la vieja "Cueva del Yeti" se unía a un seto de flores de plástico.
Matilda entrecerró los ojos. Allí, en la penumbra, algo se movió: un mechón negro, sucio, empapado de un brillo aceitoso. El aire olía a metal, a tierra húmeda.
Era un oso. Y no era de peluche.
*****
El parque entero pareció transformarse. Las risas se volvieron huecas, los altavoces pulsaban como un corazón enfermo, y el bullicio de la gente se convirtió en un ruido distante. Nadie lo veía, nadie veía nada.
Matilda dio un paso atrás, fingiendo normalidad. El Oso seguía inmóvil, observándola. Sus ojos amarillos no reflejaban la luz: la contenían, con una calma terrible. Eran los ojos de una mente hambrienta.
No corras, recordó la voz del abuelo. Si corres, eres presa.
Matilda empezó a caminar, lentamente, hacia la avenida principal. Sentía la piel erizada de la espalda, como si le hubieran echado un puñado de arena fría. El gruñido volvió, esta vez más cerca, camuflado por la fanfarria alegre del carrusel.
-¿Te has perdido, cariño? -preguntó de repente una mujer con un chaleco de
cuadros y un carrito de helados, deteniéndose justo delante de ella.
Matilda no se atrevió a girar la cabeza para ver si el Oso se había movido, pero el aire detrás de ella se sentía denso, pesado.
-No, gracias -dijo Matilda, forzando una sonrisa que le tiró de los músculos de la cara-. Mis padres están... en la Casa Embrujada. Iba a reunirme con ellos.
La mujer asintió, sin notar nada. Matilda siguió caminando, pero su mente ya había tomado una decisión: iría a la Mansión de la Medianoche, la atracción más oscura del parque. Allí, quizá, podría esconderse.
Entró sin mirar atrás. Dentro olía a moho y electricidad. Un adolescente aburrido le dio paso a un carrito.
-¿Sola? -preguntó, sin interés.
-Sí.
-Disfruta.
El carrito avanzó con un traqueteo lento. Matilda escuchó el crujido detrás de ella: un roce de garras sobre cemento.
El Oso estaba dentro.
La oscuridad era casi tangible. Las luces parpadeantes revelaban esqueletos de plástico y fantasmas mecánicos, pero Matilda apenas los veía. Su atención estaba en el sonido húmedo que la seguía.
Entonces, una luz roja parpadeó: SALIDA DE EMERGENCIA. El carrito se acercaba.
Cuando pasó junto a la puerta, Matilda arrancó la cabeza de un muñeco y la lanzó hacia atrás.
Un golpe seco. Un rugido.
Saltó antes de que el carrito se detuviera. Cayó de rodillas, raspándose la piel, y corrió hacia la salida.
El Oso emergió segundos después. Su silueta negra se movía con fluidez entre los turistas. Caminaba encorvado, pero con una elegancia antinatural. Nadie reparaba en él.
Matilda corrió hacia el Carrusel de los Unicornios. Subió al unicornio más alto, un potro blanco con cuerno dorado. La música sonó, alegre y falsa.
El Oso estaba fuera, observándola. Caminaba en sentido contrario al giro del
carrusel, siguiéndola con la mirada.
Cada vez que Matilda pasaba frente a él, lo veía más claro: el pelaje húmedo, las garras largas, el brillo apagado de la sangre seca. Y ese olor metálico, penetrante, que se pegaba al aire como una sombra.
La niña sintió que iba a desmayarse. En la tercera vuelta, cuando el unicornio pasó cerca de la entrada, saltó. Cayó sobre la viruta de madera y rodó. Se levantó cojeando y corrió hacia su última esperanza: el Laberinto de Setos.
Dentro, el bullicio del parque desapareció. El aire era pesado, húmedo. Las hojas se movían con un sonido leve, como si respiraran. Matilda tomó tres derechas y se metió en un callejón sin salida. Se ocultó tras un seto espeso, conteniendo el aliento.
El crujido volvió.
El Oso entró en el callejón. Su figura llenaba el espacio, pues era gigantesco. Matilda vio que el pelaje de su hocico estaba oscuro, manchado. Las garras raspaban el suelo, lentas y seguras.
Ella miró de reojo una regadera automática junto al seto. Empujó una maceta sobre la placa de presión. El chorro de agua salió con fuerza, golpeando al Oso en la cara.
Rugió, furioso, retrocediendo un paso.
Matilda aprovechó y corrió en dirección contraria. El laberinto se extendía como un sueño sin salida. Dobló esquinas, tropezó con raíces, hasta que vio una puerta de metal oxidada, casi oculta, que estaba cerrada con un candado.
No había tiempo. Junto a la puerta había un panel de cables eléctricos. Sacó un pequeño clip de su bolsillo -el que usaba para los deberes- y lo forzó entre los cables.
¡ZAS!
Un chispazo azul iluminó el pasillo, y el laberinto se apagó, causando una oscuridad total. Los turistas desorientados gritaron de miedo.
Matilda corrió. Se chocó con cuerpos, oyó exclamaciones, y siguió hasta que vio el brillo del sol. Salió jadeando a la avenida principal.
Y entonces, justo cuando sus pulmones estaban a punto de colapsar, vio el color familiar del cabello de su madre y la camisa roja de su padre, de pie, cerca del puesto de información.
Ella había ganado. Había huido de la sombra.
Matilda se lanzó contra su madre, sin palabras, solo con el sonido de su respiración entrecortada y sollozos secos que sacudían todo su cuerpo.
Su madre la abrazó con una fuerza desesperada.
-¡Dios mío, Matilda! ¡Estábamos a punto de llamar a la policía!
Su padre llegó corriendo.
-Nos has asustado de muerte. ¿Qué demonios creías que hacías?
Matilda sollozó, sacudiendo la cabeza.
-¡Me perdí! ¡Y un Oso me siguió! ¡Era enorme! ¡Tenía garras! ¡Me persiguió por el parque!
Los rostros de sus padres se endurecieron.
-¿Un oso? -dijo su padre-. Solo hay disfraces, Matilda.
-No era un disfraz -insistió-. Tenía ojos amarillos, me vio dentro de la Mansión...
Su madre se arrodilló, tomándole la cara.
-Escúchame, cariño. Te asustaste. Fue tu imaginación, nada más.
Matilda bajó la cabeza, la furia y la desesperación hirviendo dentro. No dijo nada más. Si ellos no la creían, no tenía sentido. Se había enfrentado a la muerte, y ellos la regañaban por una "tontería". Sintió que la rabia le subía a los ojos. No lloró. Sabía que no serviría de nada. Había escapado, pero seguía sola.
*****
A cien metros de distancia, detrás de la estructura oxidada del puesto de comida rápida cerrado, la sombra se había detenido.
Un hombre alto y huesudo, con el pelo grasiento recogido en una coleta, se quitó la enorme cabeza de fibra y peluche del Oso Pardo y Feliz de Adventureland. El sudor le corría por la cara y le empapaba la camiseta que llevaba debajo. Olía a moho, a sudor y a esa fragancia metálica y dulce.
Observó a Matilda y su familia. La niña, acurrucada entre sus padres, con la cabeza baja. Vio la boca de la niña moverse, el gesto de frustración de su padre.
"Qué lástima", pensó el hombre, con una sonrisa lenta y enfermiza.
La había subestimado. Esa pequeña, con sus ojos inteligentes y su memoria
espacial, había actuado con una rapidez inaudita. Usar el agua. El cortocircuito.
Se pasó la lengua por los labios. Se le había escapado la presa más interesante del mes. La más desafiante. La que lo había hecho sentir el subidón de la adrenalina. La que había luchado con tal inteligencia.
El hombre volvió a mirar el logo del parque: un oso sonriendo. Su disfraz no era solo un uniforme; era un permiso. La máscara le daba impunidad. En medio de toda esa gente, ¿quién iba a ver realmente a un Oso Pardo y Feliz? ¿Quién iba a creer a una niña sobre un oso gigante con garras afiladas en un parque temático?
Ajustó las garras de metal que había afilado esa mañana con un pulidor de piedra.
La frustración era solo temporal. El parque era grande, rebosante de familias enteras. Y siempre había niños que se despistaban de sus padres por un globo flotante, un helado o una simple discusión. Se puso la cabeza del Oso Pardo y Feliz de nuevo. El mundo se oscureció y se limitó a los dos círculos amarillos de la malla de los ojos. Se convirtió de nuevo en el Oso Voraz. Se escuchó el grito agudo de un niño pequeño, cerca del puesto de los caramelos.
Un grito que sonó a miedo y a soledad. El Oso sonrió bajo el peluche. La caza nunca terminaba en Adventureland. Solo tenía que esperar la próxima presa.
FIN
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