Lectura

Hay cosas que una escucha

Por Miguel Di Spalatro · Argentina · Fantasía

Hay cosas que una escucha
Yo me vine a este barrio por Elvira.
-Se vende un terrenito a la vuelta de mi casa -me dijo.
-¿No se inunda ahí? -le pregunté.
-Quedate tranquila -me contestó-. Villa Fidelidad está más alta que el resto de la ciudad. Acá no llega nunca el agua.
Cuando con el padre de mi hijo fuimos a conocer el terreno, resultó que estaba ocupado. Bien al fondo, detrás de los matorrales, había una choza hecha de cartones y chapas oxidadas. Por eso lo vendían barato. El Pampa se había aquerenciado en ese lugar. El que lo vendía no había podido echarlo: ni por las buenas, ni por las malas, ni ofreciéndole plata, ni amenazándolo con hacerlo meter preso.
De eso nos enteramos después de pagar la primera cuota. Porque el día que fuimos a verlo, el vendedor nos aseguró que el Pampa no sería un problema, que se iría antes de que tomáramos posesión. Que eso ya estaba arreglado.
Los fines de semana aprovechábamos para ir a levantar la pieza. Techamos y nos mudamos. Después le agregamos el baño y la cocina. La choza del Pampa siguió en el fondo. A él lo veíamos poco. Siempre estaba en la plaza, parado frente a la estatua
-Pobre loco -me decía Elvira-. Se pasa las horas hablando con la estatua. Puede esperar sentado que le conteste.
Y mi amiga se reía.
Yo le pedía al padre de mi hijo que lo sacara.
-Dale plata -le decía-. Así se va-
-Mejor que haya alguien, así no nos roban los materiales -contestaba él-. Cuando nos mudemos, le buscamos otro baldío.
Nació mi hijo y el Pampa siguió ahí, callado, sin molestar, siempre en sus cosas. Lo cruzaba como se cruza una sombra. Yo, los primeros meses, ni lo miraba. Por bronca y por cagazo también, no fuera cosa de que quisiera hacerle daño a mi hijo. Con el tiempo me fui acostumbrando. Era loco bueno nomás. Tenía razón Elvira. Así que le encontré utilidad.
-¡Pampa! -le gritaba desde la cocina-. Mire si pusieron las gallinas y junte algunos huevos.
El Pampa los traía y los dejaba en el lavadero. No entraba a la casa y no hablaba ni conmigo ni con nadie.
-Si es loco bueno -decía Elvira-. Dicen que es el último descendiente de Catriel.
-Quitá de ahí -me enojaba con Elvira-. Qué va a ser el último. Yo también tengo sangre pampa. Lo que pasa es que no se me nota porque salí blanquita.
Y era verdad. Mi tatarabuela había sido de la tribu, pero se casó con un gringo y se fueron mezclando las sangres.
El Pampa, en cambio, era bien morocho. Había sido alto, pero los años lo tenían achicado. Doblado el lomo, como dicen. Y ese invierno lo oí toser. Le quise regalar una frazada, pero no la aceptó. Le pedí que limpiara el gallinero y le pagué con la manta y medio kilo de milanesas. Entonces sí agarró.
Elvira también lo escuchaba toser. Para colmo, ese invierno vino llovedor. Y aunque diluviara, él igual iba a la plaza.
No sé si ya dije que Elvira vive justo enfrente, donde pusieron la estatua de Catriel. La puso la municipalidad. Ese día hasta vino el intendente y dio un discurso. Al Pampa casi se lo llevan preso. Desde que trajeron la estatua no se movió de al lado. Arrancó el trapo con el que el intendente iba a descubrirla y no dejó que se lo volvieran a poner. Dos milicos y un vecino comedido, de esos que nunca faltan, se lo llevaron para su choza y no lo dejaron salir hasta que las autoridades se fueron.
-En esa época andaba bien -se acordaba Elvira-, pero después empezó con esa tos que parecía arrancarle los pulmones.
Una mañana le llevó un jarabe que tenía en la heladera. Cuando se acercó, le estaba diciendo algo a Catriel. Hablaba del arroyo, que venía medio crecido, y de los bichos, que andaban alborotados.
Cuando se calló, Elvira le dijo: "Pampa, tome una cucharadita. Es para la tos. Le va a hacer bien".
No quiso ni probarlo. A los chistidos la hizo callar. Decía que Catriel hablaba bajito.
"Escuche, Catriel está diciendo que se viene la inundación."

-Lo único que yo escuché fue el ladrido de los perros y el motor de una moto que pasaba por la esquina -se reía cuando me lo contaba Elvira.
-Él se arregla con yuyos nomás -le expliqué yo-. Tomillo, albahaca, eucaliptus. Eso toma.
El domingo en que el Pampa se murió fue mi hijo el que dio la alerta.
-Mamá, vení a ver la estatua -me dijo-. Dale, apurate. Vení a verla, que está rara.
-Salí de ahí. ¿No ves que estoy ocupada, dándole de comer a las gallinas?
Ni caso estaba por hacerle. Pero en eso apareció Elvira. Venía corriendo, alborotada. Me agarró del brazo y casi me hizo caer los huevos que le había sacado a la bataraza. Se los saco porque esa no empolla. Se los pongo a la colorada, que es buena madre.
-Está pasando algo raro con la estatua del indio - dijo Elvira, y me arrastró a la calle.
-¡Te dije! -aprovechó para decir mi hijo, con cara de "mamá, si me hubieras hecho caso".
Corriendo me llevaron hasta la plaza.
-Parate acá -mandó la Elvira.
Estábamos como a medio metro de la estatua y yo no veía nada raro.
-¡Los ojos! ¡Mirá los ojos, mamá!
Los ojos de Catriel son achinados, como los del chino del supermercado. De ahí salía agua. De esos ojos entrecerrados.
-Debe de ser agua que se está filtrando por la piedra -dije, no muy convencida.
Entonces mi hijo se acercó a la estatua, se puso en puntas de pie y lamió la piedra.
-Vení para acá, asqueroso -le grité.
Pero ya era tarde. Se dio vuelta, saboreando.
-Es salada. El mismo gusto que tienen las lágrimas mías cuando me las chupo.
Y con la mano sobre la piedra trató de secar la estatua.
Elvira se sacó el pañuelo que llevaba en la cabeza. Esa mañana se había hecho la permanente. Se acercó a Catriel y le secó las lágrimas. El pañuelo quedó húmedo.
Por si acaso, me santigüé y, para mis adentros, le recé a San Benito.
-Hay que avisarles a los de la radio -dijo mi hijo.
-Al que hay que ir a buscar es al padre Raúl -dije yo, pensando ya que era un milagro-. Andá, pues.
Corriendo se fue, pobre, levantando polvareda, porque en el barrio las calles son de tierra.
-¡Y que traiga agua bendita! -le grité.
Por si acaso.
Con Elvira nos quedamos ahí, al lado del cacique. De a ratos nomás lloraba, y Elvira lo secaba con el pañuelo, que ya estaba empapado. Para colmo se levantó viento y a Elvira se le empezaron a desarmar los ruleros. Parecíamos la chusma de don Cipriano.
Yo miraba la estatua. Un busto nomás, apoyado sobre una piedra grande que trajeron de las sierras.
-Cómo tarda el cura -dijo Elvira.
-Si no viene, que se olvide de mí para la novena -le contesté, de mentira nomás.
-Lo voy a extrañar al Pampa -dijo Elvira-. Me había acostumbrado a correr las cortinas de la ventana y verlo parado ahí, donde estás vos, creyendo que hablaba con la estatua. Pobre Pampa. Que Dios lo tenga en la gloria.
Estaba por decirle a Elvira que rezáramos la oración de los difuntos, para que Dios recibiera al Pampa como corresponde, cuando alguien se me adelantó.
-Soychú ya recibió su alma -lo escuché decir. El dios viejo de los catrieleros.
-¿Escuchaste? -le pregunté sorprendida a Elvira.
-¿Qué cosa?
-Nada -dije- y me lo guardé para mí.
Desde entonces, después de darle de comer a las gallinas, preparo el mate y me vengo a la plaza.
Elvira me mira desde atrás de la cortina.
Pobre.
Hay cosas que una escucha y la otra no.

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