Franco intentaba mantener la calma, sellando las ventanas y asegurando todo lo que podía volar en el jardín. Mientras tanto, Elena preparaba el interior de la casa, amontonando colchones en el pasillo y asegurándose de que tuvieran suficiente agua y comida, mientras él clavaba tablas en las ventanas. Sus hijos, ajenos al verdadero peligro, jugaban con sus juguetes, pero la tensión en el ambiente se reflejaba en las miradas silenciosas entre la pareja.
El viento comenzó a aumentar su fuerza, haciendo que las persianas temblaran. La lluvia, que al principio era ligera, se convirtió en un torrente que golpeaba con furia el techo de la casa. Franco, con el ceño fruncido, se acercó a Elena y la tomó de la mano.
-Todo va a estar bien, estamos preparados. Le susurró, más para convencerse a sí mismo que para tranquilizarla.
Elena lo miró, con una sonrisa nerviosa, mientras sus hijos se acercaban, abrazando sus piernas. El sonido del viento era ensordecedor, una fuerza constante que parecía querer arrancar la casa de sus cimientos. Sabían que debían mantenerse juntos, fuertes por los niños, aunque por dentro sintieran el mismo miedo que ellos.
Pasaron la noche en vela, abrazados en el pasillo, escuchando los crujidos de la casa y el rugido del viento huracanado. Cada hora que pasaba parecía un eterno recordatorio de la fragilidad de la vida frente a las fuerzas de la naturaleza.
Cuando el ciclón pasó, la casa seguía en pie, aunque con daños visibles. Franco y Elena, agotados pero aliviados, salieron al exterior para ver el destrozo que había dejado a su paso. Árboles arrancados, calles inundadas y vecinos sacando lo poco que quedaba de sus hogares. Franco abrazó a su familia, sabiendo que, aunque el peligro había pasado, la lucha por reconstruir apenas comenzaba.
A lo largo de los días siguientes, se dieron cuenta de que, más que el daño material, lo que les había quedado era una profunda gratitud por estar juntos y a salvo. Los ciclones eran fenómenos constante y volverían, eso lo sabían, pero cada tormenta reforzarían los lazos que unían su matrimonio, y eso los hacía invencibles frente a cualquier fuerza de la naturaleza.
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