casero
Creo haberles dicho que mi padre..., como un tipo consciente no nos propinaba golpes, o sea, no nos pegaba cuando hacíamos alguna travesura, o nuestra madre le decía que debía castigarnos por lo que hacíamos mientras él estaba trabajando. Si bien no nos propinaba golpes..., apunto, por regla general, ya que en ocasiones nos dejaba caer una nalgada imprevista, en cambio después de cierto suceso que contaré más adelante nos obligaba a ponernos los guantes de boxeo y nos hacía pelear contra él, que al parecer no era igual, pero para mí hermano y yo resultaba lo mismo, pues concluíamos la pelea golpeados como si nos hubiera dado una tunda a golpe y porrazo.
En mi propia casa se establecía una pelea de boxeo desigual en cuanto a peso y fortaleza física de los combatientes, a tres asaltos y mi madre como única espectadora..., y sin jueces. La pelea estaba preparada de antemano y el ganador no sería otro que mi padre. Se rifaba el orden, para ver quien enfrentaba al "viejo" primero, si mi hermano o yo, para lo cual se tiraba una moneda al aire. Luego comenzaba la golpeadura..., quise decir el combate.
Por cada golpe que tirábamos recibíamos al menos tres de parte de mi padre..., y bien duros por cierto en los tres minutos que duraba el asalto, hasta que madre, mirando el reloj sonaba la campana. Sonido de una cuchara, contra un sartén. Como era de esperarse siempre perdíamos. La mayoría de las veces casi noqueados, pues no se permitía terminar por abandono, ni tirar la toalla. Hasta que en una ocasión mi hermano ganó y se terminaron para siempre aquello de las peleas de boxeo, que para mi padre resultaban educativas...
Resulta que padre fumaba como una chimenea y desde que prendía un cigarrillo no lo apartaba de la boca hasta que no se consumía. Antes de comenzar la pelea prendió uno y lo mantuvo entre sus labios a lo largo del primer asalto. Mi hermano recibía golpe tras golpe, pero respondía tirando lo suyo a diestra y siniestra. La mayoría de ellos al aire, hasta que casualmente uno dio en el blanco e hizo que padre se tragara el cigarrillo encendido. De inmediato se formó la locura en la casa. A papá hubo que llevarlo al Hospital pues su lengua estaba quemada por el incidente.
Castigados por mamá a permanecer encerrados en nuestro cuarto, pudimos esa noche repasar el acontecer diario y valorar lo ocurrido, reímos a carcajadas llamando nuevamente la atención de nuestro padre, quien había regresado del Hospital. Aunque esta vez no se sumó a nuestra chanza, lo que hizo fue realmente ejemplarizante. Levantó el castigo, reconoció que el único vencedor había sido mi hermano, que era el mejor boxeador que había conocido y que por su victoria lo nombraba "Campeón de Boxeo Casero", dando por terminada para siempre las peleas de boxeo a puerta cerrada.
Valoración: 0.0/5 (0 votos)
Comentarios
Aún no hay comentarios. Sé la primera persona en compartir una opinión respetuosa.