-- ¿No tienes miedo?
-- No -dijo la cabra.
-- ¡Bah! -exclamó el león-. No te comeremos.
Y la cabra convivió con los leones. Con el tiempo, una curiosidad la inquietaba: ¿por qué los leones no me comen?, pensaba. Un día se decidió a preguntar.
-- ¿Por qué no me comen? -preguntó a un león.
-- Eso nunca lo sabrás -respondió el león.
La curiosidad la apremió tanto, que un día le dijo:
-- Escucha, sé de una gacela atrapada entre unos espinos. Si me explicas por qué no me comen, te revelo dónde está.
El león, que junto a sus amigos llevaba días sin comer, tiró la manta.
-- De acuerdo. Una presa a punto de ser devorada se llena de mucho miedo. Esto genera una sustancia que se riega en su carne y se vuelve deliciosa para nosotros. Pero si no hay miedo, la carne es amarga, y no la comemos.
-- ¡Oh! ¡Qué misterio!
-- Y ahora tira tú la manta.
Los leones devoraron la rica gacela. Luego, los tres se arremolinaron en torno a la cabra. Uno de ellos dijo:
-- Ahora matemos a la cabra.
-- ¿Por qué me van a comer? Mi carne no será agradable.
-- Nadie ha hablado de comerte -respondió uno.
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