Ha cogido Luis lo que ha escrito el obispo en el periódico Mediterráneo de hoy y le ha dado la vuelta como un calcetín, porque dice mi amigo que el obispo se ha encaprichado en construir una iglesia que estaba en esqueleto durante no sé cuántos años, porque no hacía falta hacerla, pero ahora va el obispo y saca casi dos millones de euros y la termina para homenajearse, porque está jubilado desde noviembre pasado y ya se va.
-¡Ya era hora!... -dice Luis.
El escrito del periódico Mediterráneo dice que tras años de espera y de trabajo -¿¡qué trabajo!?- va a consagrar el templo a San Juan Pablo II en Benicasim, y que dice que es un día de alegría para todos. Se pregunta el obispo con el pueblo que qué significa dedicar un templo y consagrar un altar, y dice que ese templo está destinado permanentemente a Dios, a la escucha de la palabra, a la oración y a los sacramentos. El altar consagrado representa a Cristo mismo, y dice que la liturgia se hará presente sobre el altar en el sacrificio y que allí se renovará la consagración bautismal; no es solo una bella iglesia, es una forma de comunidad viva, y que no se levantan templos para encerrarnos, sino para encontrarnos con el Señor y recibir la fuerza del Evangelio y llevar el amor de Dios a las familias, a los jóvenes, a los ancianos, a los enfermos y a los vulnerables.
Y ahí, en la vulnerabilidad, es donde se coge Luis y le dice a Casimiro que si todo eso ocurre cuando se inventa una iglesia nueva... ¿qué pasa cuando se desacralizó la ermita del Calvari de Nules?
Lo que en Benicasim es positivo, en Nules -como es lo contrario- debe ser efectivamente negativo. Y lo que allá es alegría, en Nules es tristeza para todos. Lo que estaba destinado permanentemente a Dios ahora no lo está, y se pierde la escucha de la palabra; la oración y los sacramentos desaparecen porque se ha optado por parte del obispado en comercializar una parte de un Bien de Relevancia Local, destruyendo su conjunto y dejando en el abandono a la ermita del siglo XVII (año 1690).
Ya no hay Cristo allá, ni sacrificio, ni se renovará la consagración bautismal; y no hay comunidad, y no se llevará el amor a las familias, a los jóvenes, a los ancianos, a los enfermos y a los vulnerables.
Porque Benicasim cumple con la popularidad de la despedida del obispo, tenue de acciones y de avinagrada presencia.
La Ley de Patrimonio Cultural Valenciano 4/1998 le acrecienta el vinagre a su rostro en el adiós.
Yo le digo a Luis que se ha quedado corto; él sonríe y relee lo de que se condenará como una pezuña de burro.
Mi abuela tenía frases para todo.
¡Qué maja, mi abuela!
B. M.
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