Pero, de pronto, algo cambió.
En pocos días dejó de ser la muchacha alegre de siempre. Se volvió callada, pasaba horas encerrada en su dormitorio y ya no quería salir con sus amigas. Si su madre le preguntaba qué le sucedía, respondía que nada, que estaba cansada o que tenía cosas que estudiar.
Su madre comenzó a preocuparse. Algo no estaba bien, aunque no lograba descubrir qué era.
Una mañana, después que Daniela se fue al liceo, decidió entrar en su habitación. Sobre el escritorio estaba la computadora encendida. No tenía intención de revisar sus cosas, pero un chat abierto llamó su atención.
El nombre del muchacho era Gastón.
Al principio, las conversaciones parecían las de dos adolescentes que recién se conocían. Hablaban de música, de sus gustos y de cosas que compartían. Sin embargo, a medida que avanzaban
los días, los mensajes se volvían más íntimos. Él le preguntaba si estaba sola, si sus padres revisaban sus cosas y por qué no le enviaba una foto más personal.
La madre sintió un nudo en el estómago cuando encontró una fotografía de su hija con la blusa semiabierta, dejando ver parte de su pecho.
Siguió leyendo. Algunas respuestas del muchacho le parecieron extrañas. Había algo que no encajaba, pero no supo qué hacer. Cerró la computadora y volvió a sus tareas, aunque aquella imagen no dejó de perseguirla.
Al día siguiente era viernes. Antes de cerrar la computadora, una
conversación llamó su atención.
Gastón había citado a Daniela en una plaza solitaria, alejada de su casa. Quería verla a solas.
Esta vez no dudó. Habló con su esposo y le mostró todo. Juntos decidieron acudir al lugar sin que su hija los viera. También se comunicaron con la policía.
El sábado, como cada semana, le dijeron a Daniela que saldrían a hacer las compras. Esperaron hasta ver que el auto se alejaba y, unos minutos después, la muchacha salió de su casa.
Daniela llegó a la plaza. Miró a su alrededor, pero no había nadie.
Esperó unos minutos y, cuando estaba por marcharse, escuchó una voz.
-¿Daniela?
Un hombre de unos cuarenta años, delgado, con el pelo largo y desordenado, caminaba hacia ella.
-Soy Gastón -dijo, sonriendo.
Daniela retrocedió asustada.
-No. Vos no sos Gastón. Él tiene mi edad.
Intentó alejarse, pero el hombre la sujetó de los hombros.
-Vamos, no tengas miedo. Soy el mismo que te escribe. ¿O acaso no confiás en mí?
Ella comenzó a forcejear.
-¡Soltame! ¡No te conozco!
El hombre la arrastró detrás de unos arbustos. Daniela gritó desesperada.
-¡Nadie te va a escuchar! -le dijo él, mientras intentaba besarla.
Pero esta vez sí hubo quien la escuchara.
Sus padres y un policía aparecieron de inmediato. El hombre intentó escapar, pero fue reducido y detenido.
Daniela corrió hacia su madre y se abrazó a ella, temblando, sin poder contener el llanto.
Su padre la rodeó con los brazos. Nadie la reprendió. Nadie le preguntó por qué había ido. En ese momento solo importaba que estaba a salvo.
Más tarde habría tiempo para hablar, para sanar y para comprender lo sucedido.
Aquella noche, mientras su madre la abrazaba, Daniela entendió que detrás de una pantalla no siempre se encuentra quien dice ser. Y que hay personas capaces de ganarse la confianza de alguien para aprovecharse de su inocencia. Un llamado de atención, porque a veces hay Peligro en el chat.
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Comentarios
Hola! Muchas gracias por tu comentario. Una triste realidad en nuestros días.
Saludos cordiales.
Excelente relato que nos mueve a la reflexión... Los peligros de las redes son más frecuentes de lo que pensamos. Gracias por compartir. Saludos cordiales.