Lectura

EL EXAMEN DE LITERATURA

Por Antonio Rolando Arenas · Argentina · Otros

Si lo mío es historia no creo que pueda pedirle consejo a Echeverría aunque me pese el esfuerzo, no por imprudencia, no por mequetreque, tendré que decir ciertas cosas. Lo cierto es que corrían los días de noviembre de 198... Días menemistas y pinocheteados, de estrépitos financieros y de asaltos a mano armada.

El asunto es que debía rendir un examen de Literatura, con doctores y otros eméritos en Letras. Yo me había preparado un arsenal de Lugones, Giusti, Jitrik, Leumann, Hernández, Moreau y otros -secretos y no tan secretos que había ocultado en un maletín negro.

Luego de una espera de cuarenta y cinco minutos en el pasillo del tercer piso que da a la puerta del gabinete 312, apareció una esbirra diciendo que el examen sería en el gabinete 26 del segundo piso, pero lo extraño acaeció que la información no fue brindada a los alumnos ahí presentes sino a un palo blanco muy bien trajeado, oriundo de Tunuyán, y cuando yo vi que luego del secretito se retiraba me incorporé del asiento de espera y di unos pasos apresurados hacia él y le pregunté:

-¿Qué pasó?

-Nos vamos al segundo piso.

-¿Es la mesa de Literatura Argentina I?

-Sí.

-¿Tenés que rendir libre?

-Sí -contesté.

-Ah! Es un escrito y un oral -me dijo mientras me cedió el paso para bajar la escalera.

Al descender rápidamente hasta el segundo piso, sin darme cuenta no le di lugar para continuar hablando y apresuré mi paso hacia el gabinete 26. Allí tres alumnas se habían ubicado y los profesores estaban entregando el examen, entonces aproveché para ir al baño a echar una mirada y cuando volví encontré de nuevo al palo blanco en secretitos ahora con la profesora Sin Tesa Toti de Sosso, quien me invitó a pasar. Adentro el Doctor Son Tonadas me entregó dos hojas en las cuales se presentaba el examen: en una, seis preguntas sobre el siglo XIX y en otra, cinco temas sobre el siglo XX, modernista y febril.

Tranquilamente me senté alejado del grupo de chicas a realizar mi prueba y lo curioso fue que el palo blanco, supuesto alumno trajeado, había desaparecido.

Pasaron las horas... Una de las alumnas terminó y entregó, yo seguí su ejemplo y salí a caminar por el primer piso, luego volví y me puse a esperar.

La esbirra Lina, profesora que pasó a la posteridad por su notable desempeño en llevar secretitos al palo blanco, me llevó a pasar al examen oral, noticia poco agradable porque significaba un extender en el tiempo la amarga espera de mi sufrimiento.

Ingresé con mi maletín negro y de pie frente a tan destacado tribunal como un turista que con sus valijas recién baja del tren, me quedé mirando silenciosamente. Al verme la Doctora Amarga Lopresti me indicó que debía pasar por la oficina del doctor Son Tonadas, es decir tomar una silla y sentarme frente a él que estaba sentado junto a No sé Quién, ya que la profesora Falsarela tuvo que retirarse de improviso.

A partir de ese momento comenzaron las aclaraciones e indagatorias sobre Lugones, Quiroga y no sé qué otros temas con los cuales insistía por debajo No sé Quién, quien había tenido una brillante actuación al preguntar si mi exposición sobre el iniciador del realismo con Payró a la cabeza era correcta.

Luego de constatar el Doctor Son Tonadas que el temario al cual pretendían someterme no había sido desarrollado en clases, me pidió que pasara por la oficina de la doctora Amarga Lopresti, un escritorio de nerolite amarillo y patas metálicas.

Allí me pidió gentilmente que volviera en el próximo turno ya que No sé Quién había elevado un informe negativo sobre mi persona. No tuve más remedio que levantarme de la silla con el maletín en la mano y salir caminando sin más suerte que la que me rasguñó en este mal momento.

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