El Imperio de los Leopardos tenía menos de doscientos años y ya se creía eterno. Lo había fundado la primera emperatriz, Imarú la Manchada, cuando las bandas del sur se unieron bajo un solo estandarte y bajaron por las llanuras arrasando a todos los que se les ponían delante. Ahora gobernaba su descendiente, Imarú IV la Serena, desde un palacio construido sobre los cimientos de lo que los antiguos llamaron, según los pocos letreros que sobrevivían, un Capitolio. Los caminos del Imperio, las vías gloriosas, corrían sobre las antiguas autopistas, y nadie pensaba demasiado en el favor que les hacían esos huesos de hierro y asfalto. Las legiones marchaban por ellos. Los mercaderes transportaban sal y pieles. La nación entera respiraba sobre un cadáver y lo llamaba suelo. Sahira tenía un oficio modesto: inventariar las ruinas. Cada edificio hallado se numeraba, se dibujaba y se declaraba apto o no apto para el uso imperial. Y cada texto de los constructores debía entregarse sin abrir al Censor Mayor, un viejo leopardo negro llamado Orvin, que los guardaba en una cámara sin ventanas bajo el palacio. Nadie preguntaba qué decían. Preguntar, en Karaval, era una forma elegante de desaparecer.
Aquella mañana, al pie de la torre, su equipo encontró una escalera. Los demás, tres jóvenes cartógrafos más preocupados por la cena que por la historia, se quedaron arriba tomando medidas. Sahira bajó sola. Siempre se le había dado bien bajar sola. La escalera terminaba en una sala inmensa, y ella contuvo el aliento. El techo se había caído en parte, y por el hueco entraba un haz de luz dorada que dibujaba en el polvo una columna temblorosa. Había estantes. Cientos de estantes, miles, en hileras que se perdían en la penumbra, llenos de objetos rectangulares que olían a humedad y a tiempo. Los libros. Había oído hablar de ellos como se oye hablar de los dragones. Caminó entre los pasillos con las patas silenciosas. Colgaban raíces como cuerdas, y un zorrillo dormido entre dos tomos gordos levantó la cabeza, la miró sin interés y volvió a su sueño. Tocó un lomo con la garra. La cubierta se deshizo en escamas. Probó con otro, mejor protegido, encuadernado en una tela oscura que aguantó. Lo abrió. Su abuela le había enseñado a leer la letra de los constructores. Una enseñanza clandestina y prohibida impartida entre susurros en las noches de lluvia, con dibujos hechos en la arena. "Para que alguien lo sepa", le decía. "Aunque no sirva para nada". Sahira había dudado entonces de que sirviera, y ahora tenía una página abierta entre las manos.
Decía, en lo que le pareció una voz grave, aunque fuera solo tinta:
"Una nación no muere cuando es vencida. Muere cuando deja de preguntarse por qué existe".
Más abajo, subrayada con trazo tembloroso por una mano que ya nadie recordaba, otra frase: "Todos los imperios creyeron ser el único".
Sahira se quedó mucho tiempo sin moverse. Le pasaron por la cabeza las vías gloriosas, los estandartes de seda, la cámara sin ventanas del Censor. El aire de la sala se le hizo pesado. Pensó que ella era, en ese momento, la única criatura viva sobre la tierra que podía leer esa advertencia, y que al leerla estaba cometiendo el delito más grave del Imperio: pensar.
Lo que decía el protocolo era claro. Cerrar el libro. Numerarlo. Entregarlo.
Lo cerró. Lo numeró. Y entonces, con un cuidado que la sorprendió a ella misma, arrancó la página y se la guardó bajo la banda del cinturón, junto al pergamino de las mediciones.
Esa noche, en la Gran Terraza, el Censor Mayor recibió el informe. Orvin tenía un pelaje tan oscuro que apenas se distinguían sus rosetas, y unos ojos de oro frío que parecían haber visto demasiado. Leyó despacio, línea por línea, mientras Sahira esperaba con la espalda recta y la cola muy quieta.
-"¿Una biblioteca completa?" -preguntó.
-"Sí, señor. Casi intacta. Los volúmenes están catalogados".
-"¿Alguno legible?"
Sahira sintió la página arder contra su costado.
-"Ninguno, señor. El tiempo los deshizo".
El censor la miró un instante largo, de esos que se estiran como una cuerda. Luego asintió, le devolvió el informe y se volvió hacia la balaustrada, hacia las luces de la ciudad nueva que parpadeaban sobre las de la vieja.
-"Es una lástima" -dijo-. "Me hubiera gustado saber qué pensaban".
No era una pregunta, y Sahira no respondió. Pero mientras se alejaba por el pasillo de mármol, le pareció que la voz del viejo había sonado distinta, casi cansada. Casi cómplice.
Volvió a su casa de las terrazas bajas ya de madrugada. Sus dos cachorros dormían en el rincón, enroscados uno contra otro, y se quedó un rato mirándolos desde la puerta. Luego se acercó a la pared de piedra, buscó una grieta que conocía desde hacía años y deslizó en ella la página, doblada en cuatro, junto a otros papeles que nadie sabría nunca que existían. No sabía qué iba a hacer con ellos. Quizá nada. Quizá algún día se los leería a los cachorros, cuando fueran mayores y entendieran el peso de ciertas palabras. Quizá los heredaría otra cartógrafa, dentro de cien años, cuando el Imperio fuera también un esqueleto de arcos y estandartes, y los pájaros anidaran en el palacio de la emperatriz.
Se tumbó junto a sus hijos y cerró los ojos. Por la ventana, la luna alumbraba a la vez las dos ciudades, la que respiraba y la que ya no, y a Sahira le pareció, antes de dormirse, que se parecían mucho más de lo que ninguna de las dos hubiera querido admitir.
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