De repente, una voz femenina lo sacó de su ensimismamiento.
-¡Cristian! ¿Qué haces aquí solo, como un bobo? -preguntó Lisset.
Era Lisset. Una chica del barrio, vecina de Yander, de pelo largo y rizado. Siempre había sido amiga, pero en las últimas semanas, ella lo buscaba más seguido.
-Esperando a Yander -dijo Cristian.
-Voy a comprar un jugo. ¿Quieres? Te invito -dijo Lisset.
Cristian se tocó el bolsillo. Los 500 pesos que había ganado con Felipe seguían ahí, pero los guardaba para Melisa.
-No, gracias. Estoy bien -dijo Cristian.
Lisset se apoyó en la pared, más cerca de lo necesario. El olor a jabón barato se mezcló con el del sudor.
-Oye, Cristian... ¿tú andas con Melisa? -preguntó Lisset.
-No, solo somos amigos -dijo Cristian.
-¿Ah, sí? Porque te vi en la biblioteca con ella. Y bailaron juntos en la fiesta.
Cristian sintió las orejas arder. No sabía qué responder.
-No te pongas nervioso. Si te gusta, dímelo. Si no, yo también estoy aquí -dijo Lisset.
Antes de que Cristian pudiera reaccionar, Yander apareció con un refresco.
-¡Asere, Lisset! ¿Qué haces molestando a mi compadre? -preguntó Yander.
-Solo conversaba -dijo Lisset. Le guiñó un ojo a Cristian y se fue.
Yander se sentó en el bordillo y lo miró.
-Oye, eso fue fuerte. ¿Lisset te está tirando los perros? -preguntó Yander.
-No sé -dijo Cristian.
-Escúchame. Lisset es buena gente, pero es intensa. Melisa es otra cosa. No te metas en líos.
A la mañana siguiente, en el recreo, Melisa pasó cerca de Cristian. Frenó un momento.
-Ayer te vi hablando con Lisset en la esquina -dijo Melisa.
-Sí. Esperaba a Yander -dijo Cristian.
-Ah. Bueno, me dijeron que Lisset dice que le gustas.
El jugo se atascó en la garganta de Cristian.
-Melisa, ella me lo dijo, pero yo no le dije que sí. Yo... -dijo Cristian.
-No tienes que explicarme nada. Tú haces lo que quieras -dijo Melisa, con una sonrisa fría.
Se fue y se sentó con sus amigas. Cristian se quedó solo, sintiendo que había metido la pata.
Esa tarde, Cristian fue a la biblioteca. Melisa no estaba. Esperó media hora. Luego otra. Yander apareció en la puerta.
-Cristian, ¿qué haces aquí? Melisa no va a venir. Se fue a casa de su abuela -dijo Yander.
-¿Por qué? -preguntó Cristian.
-Lo de Lisset. Tú sabes cómo son. Aunque digan que no les importa, les importa.
Esa noche, Cristian se sentó en la azotea. Tenía un mensaje de Lisset:
-Oye, mañana te invito un jugo. ¿Qué dices?
Apagó la pantalla. No podía usar el dinero de su padre para resolver esto. Tampoco podía usar el carretón. Esto solo se resolvía con palabras claras.
Al día siguiente, fue a casa de Lisset y la encontró en el patio trasero.
-¡Cristian! ¿Qué haces aquí tan temprano? -preguntó Lisset.
-Lisset, necesito hablarte claro. Tú eres mi amiga. Pero estoy conociendo a Melisa. No sé si va a funcionar, pero no quiero que pienses que te estoy engañando -dijo Cristian.
Lisset se quedó callada. Su sonrisa se desvaneció. No se puso triste, solo asintió.
-Lo vi en tus ojos cuando te mencioné a Melisa. Bueno, al menos fuiste sincero -dijo Lisset.
-¿Estás enojada? -preguntó Cristian.
-Un poco. Pero no es tu culpa.
Se encogió de hombros y volvió a su ropa. Cristian se despidió. No era un final feliz, pero era un final honesto.
Esa misma tarde, fue a la biblioteca. Melisa estaba allí. Sentada en su mesa. Cristian se sentó en la de enfrente. Pasaron unos minutos. Melisa levantó la vista.
-¿Qué pasó? -preguntó Melisa.
-Aclaré las cosas con Lisset. Le dije que me gustas tú -dijo Cristian.
Melisa dejó el bolígrafo.
-¿Por qué me dices esto? -preguntó Melisa.
-Porque no quiero que pienses que te estoy usando. Si quieres que nos conozcamos, dímelo. Si no, dímelo también. Pero no desaparezcas -dijo Cristian.
Melisa lo miró fijamente. Luego, una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
-Bueno. No debería haberme ido sin decirte nada. Fui tonta. Pero... ¿de verdad quieres que nos conozcamos? -preguntó Melisa.
-Sí -dijo Cristian.
-Entonces... ¿por qué no me invitas un jugo mañana?
Cristian sintió el peso del mundo despegarse de su pecho. No era un jugo comprado con el dinero de su padre. Era un jugo que pagaría con sus propios 500 pesos, los que había ganado en el carretón.
-Hecho. Pero esta vez, yo invito -dijo Cristian.
Melisa sonrió, con el calor que Cristian recordaba de la fiesta.
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Comentarios
Gracias a usted por leerme. Saludos
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