Lectura

PÁGINAS NO RESTITUIBLES

Por Francisco Araya Pizarro · Chile · Ciencia Ficción

PÁGINAS NO RESTITUIBLES
Londres, 1965. La lluvia caía sobre Ashcombe Square con la monotonía de una sentencia ya dictada, y Jules Thomas cruzó la verja de hierro de la Biblioteca Ashcombe por tercera vez esa semana, aunque nunca había pedido prestado un solo libro. Nadie lo pedía, en realidad. La biblioteca, con su fachada antigua y su reputación de archivo privado inofensivo, escondía bajo la sala de lectura principal el verdadero corazón de la Sección Sombra: pasillos de estanterías que giraban sobre goznes ocultos, dosieres encuadernados como tratados de botánica, un mundo de secretos disfrazado de papel viejo.
Thomas tenía veinticinco años y el código 743. Le habían prometido gloria: misiones de vigilancia rutinaria, sabotajes menores, extracción discreta de información en el Berlín partido en dos por el hormigón y la política. Lo que había recibido, en cambio, eran tres fracasos consecutivos que pesaban sobre él, imposible de devolver atrás. En Berlín había confundido a un contacto legítimo con un doble agente y le había entregado, sin saberlo, una lista de códigos que ahora circulaba en manos equivocadas, como un libro robado que ya nadie podría recuperar del todo. Días después había provocado una persecución innecesaria en el paso fronterizo del este, comprometiendo a toda una red de informantes que llevaba meses tejiéndose con paciencia. Y por último, desobedeciendo una orden directa, había intentado salvar a una informante llamada "Ingrid Hass", convencido de que el protocolo la condenaba sin necesidad, de que existía todavía una salida que sus superiores, atrapados en la letra fría de sus manuales, se negaban a ver. Hass murió de todos modos, dos calles más allá del punto de extracción, mientras Thomas todavía discutía por radio con un oficial que le repetía, con una calma que sonaba a desprecio, que abortara la misión. El informe disciplinario lo esperaba, ese día, sobre el mostrador de la sala de lectura, encuadernado en tapa azul como si fuera una novela de aventuras cualquiera. El mayor Emmet Whitfield, responsable del equipamiento técnico de la Sección y bibliotecario nominal del archivo -un hombre que hablaba de explosivos con el mismo tono con que otros hablan de primeras ediciones-, lo recibió con las gafas caídas sobre la nariz y un lápiz detrás de la oreja.
-"Siéntese, Thomas. Ha leído la situación tres veces seguidas. Es un patrón preocupante en un hombre que se supone debe leer entre líneas para ganarse la vida".
-"No necesito una metáfora, señor. Necesito saber si me van a expulsar".
Whitfield cerró el dosier con suavidad.
-"La diferencia entre un asesino y un agente, muchacho, es que el segundo aprende de sus errores. Un asesino solo repite el gesto hasta que el gesto lo mata a él. Usted todavía tiene la oportunidad de ser lo segundo. No la desperdicie compadeciéndose entre las estanterías".
Esa noche, en su apartamento del Soho, Thomas se preparó un brandi que resultó, como casi todo lo que hacía últimamente, defectuoso: un poco de hielo que flotaba solo en el fondo de la copa. Se sentó frente a la ventana y observó su reflejo superpuesto a las luces de neón de la calle, y por un instante no vio a un espía, sino a una sucesión de hombres que todavía no había llegado a ser: el que salvaba a la informante a tiempo, el que jamás confundía a un contacto, el que no necesitaba una segunda oportunidad porque nunca fallaba la primera. Ninguno de ellos comprendió con una claridad que dolía más que el alcohol; no tenía nada que ver con el hombre real sentado junto al cristal empañado.
La evaluación final tuvo lugar dos semanas después, en la propia Biblioteca Ashcombe, en una simulación diseñada por el departamento de instrucción para poner a prueba algo más difícil de medir que la puntería: el criterio. Reorganizaron la sala de lectura como si fuera el vestíbulo de una estación ferroviaria, con actores contratados que caminaban entre las mesas fingiendo consultar catálogos, y en medio de ese decorado de papel y madera vieja, un hombre con un abrigo demasiado abultado permanecía inmóvil junto al mostrador de préstamos, con una mano oculta en el bolsillo. La instructora al mando de la prueba, la comandante Adelaide Peel, observaba desde una galería superior con los brazos cruzados y una expresión que Thomas no supo, en ese momento, si era de examen clínico o de auténtica preocupación. Peel dirigía el programa de selección de la Sección con una reputación de dureza que ningún recluta se atrevía a cuestionar en voz alta.
-"Sospechoso armado, posible explosivo" -dijo la voz en su auricular-. "Tiene diez segundos para decidir".
Thomas miró el bulto bajo el abrigo, el sudor en la sien del hombre, la mano que no terminaba de salir del bolsillo. Pensó en Ingrid Hass, en los códigos entregados al doble agente, en la persecución de la frontera. Pensó que la incertidumbre, esta vez, no se la podía permitir.
Disparó.
El cuerpo cayó entre las mesas de lectura, derribando una pila de libros que se desparramaron por el suelo como páginas sueltas de un mismo relato interrumpido. Cuando los instructores levantaron el abrigo del actor, no había ningún explosivo. Solo un ejemplar viejo de poesía victoriana que el hombre llevaba, según el guion de la prueba, para devolver a la biblioteca.
-"Objetivo inocente" -anunció la voz del auricular, sin ninguna inflexión.
Thomas sintió que el suelo de la sala de lectura se volvía, durante un segundo, tan inestable como el hielo del paso fronterizo donde había fallado semanas atrás. Peel bajó de la galería con pasos lentos, deliberados, y se detuvo frente a él con una mezcla de furia contenida y algo parecido a la compasión, aunque envuelta en tanta disciplina que resultaba casi imposible de distinguir.
-"Ha pasado la prueba, Thomas".
-"He matado a un inocente".
-"No ha pasado porque haya acertado. Ha pasado porque ahora sabe, en el cuerpo y no solo en la cabeza, lo que pesa un error. Un agente que dispara sin sentir después el peso de esa bala es un peligro andante. Usted, al menos, lo siente. Eso, muchacho, no se enseña en ningún manual.
El informe de evaluación, redactado esa misma tarde por Peel y revisado por Whitfield entre las estanterías del archivo técnico, clasificó a Thomas con una frase que él memorizaría el resto de su vida: "Psicológicamente inestable, pero con un potencial sobresaliente". Le retiraron el código 743 y le asignaron uno nuevo, 03, reservado a los pocos agentes autorizados a matar cuando la situación lo exigiera sin margen para la duda: la temida licencia que la Sección concedía solo a quienes habían demostrado, del modo más doloroso posible, que entendían su costo. Firmó el documento con mano temblorosa, sentado en la misma mesa de lectura donde horas antes había disparado contra un hombre inocente de mentira, rodeado de estanterías que guardaban, bajo sus lomos de piel gastada, más secretos de los que cualquier biblioteca pública admitiría jamás. Cuando Whitfield le preguntó, casi por cortesía, cómo quería presentarse a partir de entonces ante sus futuros contactos, Thomas levantó la mirada y pronunció, por primera vez, la fórmula que terminaría convirtiéndose en su firma silenciosa a lo largo de los años:
-"Usted sabe mi nombre, y es Jules Thomas".
No sonó a arrogancia, como quizás habría sonado semanas atrás, antes de Berlín. Sonó a la voz vulnerable de un hombre que acababa de aprender, entre libros y una bala, el precio exacto de lo que se esperaba de él.
Años después, la noche de su primera misión como agente de pleno derecho, Thomas recordaría la frase que Peel le dijo al salir de la Biblioteca Ashcombe aquella tarde, mientras la lluvia seguía cayendo sobre Londres como si nunca fuera a detenerse: "Cada error deja una cicatriz; aprenda a esconderlas con elegancia". Sentado frente a una mesa de casino en un país que prefería no nombrar en sus informes, rodeado de hombres que jugaban su fortuna con indiferencia, se ajustó el reloj de pulsera, el cristal marcado por un arañazo antiguo que ningún relojero había logrado pulir del todo, y pensó que quizás las cicatrices, después de todo, no estaban hechas para desaparecer, sino para leerse, como cualquier libro, por quien supiera mirar con suficiente atención. Nadie en aquella mesa de juego habría adivinado que el hombre de traje impecable y sonrisa calculada que repartía las cartas con manos firmes había sido, apenas unos años antes, un recluta temblando ante una biblioteca, condenado por sus propios errores a aprender, del modo más duro, el verdadero peso de una decisión tomada en diez segundos. Thomas levantó su copa, brindando en silencio por Whitfield, por Peel, por Ingrid Hass, por todos los hombres que todavía no había llegado a ser aquella noche frente a la ventana del Soho, y comprendió que la leyenda que otros verían en él no nacería de la infalibilidad, sino de las páginas rotas que había tenido que reescribir una y otra vez hasta encontrar, por fin, su propia voz.

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