Llegada la hora de los postres, llegó también la hora del champán, de los brindis y del jolgorio. Quien más quien menos, todos, o casi todos, tenían un motivo u otro que festejar. Los primeros brindis fueron por los cursos de estudios en el extranjero - Erasmus, Masters etcétera - que estaban a punto de emprender los miembros del sector más joven. A continuación fue la hora de mi hermano. Claro que él no hizo como aquel inolvidable mago que se ponía las medallas a si mismo tras cada una de sus actuaciones. Fue mi cuñada Raquel quien propuso el brindis por su marido. Y contaba con sobradas razones: en muy poco tiempo, mi hermano había obtenido la Cátedra de Teoría del Derecho, se le había concedido una beca de investigación en Australia y le habían seleccionado para formar parte de la Comité de los Derechos del Niño, órgano perteneciente a la Organización de las Naciones Unidas. Ahí es nada. Todos lo celebramos con entusiasmo.
Y cuando ya parecía que no había nada más que celebrar, llegó el turno de mi madre. Si bien es cierto que mi hermano había dejado el listón muy alto, ella lo superó. Levantó su copa y, con toda la tranquilidad del mundo, dijo: "Yo quiero que brindemos también por mi, ya que, no tardando mucho, tengo previsto realizar un viaje bien largo y bien bonito, el viaje más bonito de todos, el viaje al cielo". La reacción inmediata de todos los presentes fue de estupefacción. Nos quedarnos de piedra. ¿Lo decía en serio? ¿Lo decía en broma? Ella es muy católica y muy buena persona, o sea que es más que probable que prevea ir al cielo (yo también cuento con ello). Y que prevea irse pronto, debido a su venerable edad (la cual me vais a dispensar que no cuente, ya que mi vida peligraría). Pero mi madre es también muy disfrutona y no parece tener prisa alguna en dejar este mundo. Quizá fuera entonces algo de humor negro. Supongo que habría de todo un poco. El caso es que, una vez repuestos del shock inicial, continuaron la alegría y el alboroto hasta altas horas de la noche.
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