Lectura

Brindis

Por Juan Alberto · España · No Ficción

Brindis
No recuerdo cual fue el motivo por el que Jaime (un amigo de mi hermano Ignacio, de quien ya os he hablado en otra ocasión) nos invitó a mi madre y a mí a tomar un cocido en su casa. Supongo que quiso tener un detalle con ella después de tantas vacaciones estivales compartidas en Benicasim. Allí coinciden todos los veranos, con una regularidad propia de un reloj suizo, qué digo de un reloj suizo, de un reloj atómico. También acuden a la cita anual mi hermano Ignacio y su familia. Y la familia de Jaime, claro. Supongo que después de tantos ceviches con sorbete de limón y tantos chipirones con cebolla caramelizada compartidos en la terraza del Villa Sofía, y después de tantas leches merengadas y tantos blancos y negros compartidos en la heladería Los Jijonencos, era de esperar que surgiera entre Jaime y mi madre no digo que el amor, pero sí una bonita amistad. ¿Pero qué pintaba yo allí? En casa de Jaime digo. Pues no mucho, la verdad. Quizá fuera en calidad de acompañante de mi madre. Tal vez, Jaime creyó que yo podría tomarme a mal el hecho de no ser invitado. No sé. En cualquier caso, estaba muy contento y muy agradecido por haber sido invitado.

Llegada la hora de los postres, llegó también la hora del champán, de los brindis y del jolgorio. Quien más quien menos, todos, o casi todos, tenían un motivo u otro que festejar. Los primeros brindis fueron por los cursos de estudios en el extranjero - Erasmus, Masters etcétera - que estaban a punto de emprender los miembros del sector más joven. A continuación fue la hora de mi hermano. Claro que él no hizo como aquel inolvidable mago que se ponía las medallas a si mismo tras cada una de sus actuaciones. Fue mi cuñada Raquel quien propuso el brindis por su marido. Y contaba con sobradas razones: en muy poco tiempo, mi hermano había obtenido la Cátedra de Teoría del Derecho, se le había concedido una beca de investigación en Australia y le habían seleccionado para formar parte de la Comité de los Derechos del Niño, órgano perteneciente a la Organización de las Naciones Unidas. Ahí es nada. Todos lo celebramos con entusiasmo.

Y cuando ya parecía que no había nada más que celebrar, llegó el turno de mi madre. Si bien es cierto que mi hermano había dejado el listón muy alto, ella lo superó. Levantó su copa y, con toda la tranquilidad del mundo, dijo: "Yo quiero que brindemos también por mi, ya que, no tardando mucho, tengo previsto realizar un viaje bien largo y bien bonito, el viaje más bonito de todos, el viaje al cielo". La reacción inmediata de todos los presentes fue de estupefacción. Nos quedarnos de piedra. ¿Lo decía en serio? ¿Lo decía en broma? Ella es muy católica y muy buena persona, o sea que es más que probable que prevea ir al cielo (yo también cuento con ello). Y que prevea irse pronto, debido a su venerable edad (la cual me vais a dispensar que no cuente, ya que mi vida peligraría). Pero mi madre es también muy disfrutona y no parece tener prisa alguna en dejar este mundo. Quizá fuera entonces algo de humor negro. Supongo que habría de todo un poco. El caso es que, una vez repuestos del shock inicial, continuaron la alegría y el alboroto hasta altas horas de la noche.

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