Lectura

OTRA VEZ SANGRE

Por Antonio Rolando Arenas · Argentina · Otros

El sol regaló una cuota de sangre en el horizonte cuando el hombre inquieto como un resorte descendió del colectivo con una breve carrerita.

Su oficio de visitador médico lo acostumbró a una rutina acelerada, tediosa y a veces amarga, pues no había consultorio en la ciudad que no hubiese visitado y clínica sin conocer, además de algunos meses sin percibir remuneración por haber extraviado el maletín donde guardó los cheques del laboratorio "Q".

En la esquina observó el semáforo. Esperó que éste le permitiera cruzar antes de hacer a pie dos cuadras al Sur y entrar en el consultorio del Dr. Rojas D., un médico bonachón, afiliado al partido radical, de sonrisa amplia, popular y generoso: solía cobrar con dos órdenes de consulta los resfríos de los niños, con tres la gripe de los jubilados y con una palmadita y un "quedate tranquila" los abortos a la sobrina del panadero.

Mientras miraba una revista en la sala de espera, su pensamiento se sustrajo hasta recordar una gota de sangre que cayó en la baldosa amarilla de la vereda por la cual avanzó luego de haber cruzado la calle con el verde semáforo.

Esa gota de sangre volvió a caer en otra baldosa más adelante y en otra, otra...

Quizá como un detective improvisado constató que la gota era reciente y a medida que seguía su trayectoria a través de las dos cuadras que hizo se hacía un poco más grande y la distancia entre una y otra menor.

Absorto vio al Dr. Rojas D. pasar un trapo con el pie sobre una gotita de sangre en el piso cuando lo hizo ingresar en su habitáculo.

Al despedirse se sintió extraño, nervioso...

Se retiró del consultorio pensativo, con aquella imagen del trapo de piso en su memoria. Apresuró el paso. Corrió las dos cuadras. Llegó hasta la primera gota de sangre que luego de bajar del colectivo había encontrado. Levantó la vista. Vio un edificio. Corrió. Nunca se atrevió a imaginarlo, ni siquiera lo pensó. Al llegar al edificio encontró un contenedor del municipio. Levantó la tapa. Un olor agrio y penetrante lo acompañó. Hurgó. Revolvió. Sacó y tiró al piso dos o tres bolsas con residuos. Desesperado abrió una. Angustiado, le dio una patada y desparramó los residuos sobre la calle. Revolvió otra vez...

Allí estaba. Con sus manos húmedas y sucias lo agarró fuerte. Lo abrazó...

Sus lágrimas no bastaron.

El maletín sucio, mal oliente, estaba ahí. Al abrirlo no pudo evitar el vómito, la repugnancia, la miseria... Ya no podía, el dolor lo desgarraba y el llanto oprimía. Su respiración se entrecortó...

Un motociclista atravesó la calle indiferente.

El feto parecía abrigarse dentro del portafolio.

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