Es la política de los expolíticos aprovechados que se apesebran en los consejos de administración y, al mismo tiempo, colocan a sus familiares y amigos, jugando al juego de los panes prestados y al recochineo de los favoritismos.
Han creado una aristocracia del enchufismo y una élite de bolsillos boyantes que vive en otra dimensión: llevan a sus hijos y nietos a universidades privadas, aquí o en el extranjero, consiguen títulos cuasi comprados y tejen relaciones sólidas para perpetuar círculos de poder cerrados.
Obtienen ingresos desorbitados que les permiten vivir a todo tren. Tienen de todo: una justicia a su medida y unas panaceas fiscales que ni Rato ni Montoro hubieran podido pergeñar.
Esto, entre otras cosas, le contaba yo a Leandro, un guardia civil retirado que se ha entregado a la bebida y vive en su mundo paralelo, libando coñac como si no hubiera un mañana.
Él asiente o disiente según le viene en gana. Creo que está más allá que acá. Aún anda erre que erre con que La Paca sigue viva... Yo ya no le llevo la contraria; no atiende a razones, es un hombre arisco y gritón. Cuando llega a la mesa del Casino ya va por la quinta o sexta copa -lo que viene a suponer más de dos cuartillos de líquido espirituoso-, se le niebla la vista y las palabras se le traban.
Todo esto lo he contado para diluir la rabia que da que no devuelvan lo que les dimos para el rescate y lo metan en el fondo de pensiones, no vaya a ser que la tengamos...
B. M.
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